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Cómo Escribir Relatos Policíacos, de G. K. Chesterton

«En cierta ocasión conocí a un hombre que se quedó sinceramente horrorizado al descubrir que yo escribía relatos criminales y que incluso los leía, y el incidente siempre me ha interesado porque fue la única persona a quien he conocido que después resultó ser un criminal.» Una frase como esta, llena de ingenio, deliciosamente expresada y con más carga de fondo de la que aparenta en realidad, justificaría por sí sola la lectura de este libro. Pero estos pensamientos eran típicos de Chesterton, y una y otra vez encontraremos en estos ensayos frases de este u otro cariz que merecerían ser citadas y antologizadas. La verdad es que G. K. Chesterton no fue sólo el autor de el Padre Brown, ni tan siquiera tan sólo un literato, sino un auténtico genio que vertía, en todo lo que escribía, una filosofía, un pensamiento, una visión del mundo que nos motiva a la reflexión y nos hace más sabios.
El presente libro no es un manual de escritura, sino una colección de ensayos y artículos que tienen como elemento común el de tratar del relato policial. Sin embargo, y en el aspecto técnico, no resultarán del todo inútiles al aspirante a escritor, aunque principalmente se dirijan a la forma del relato problema o detectivesco (aun cuando Chesterton intuye que el relato policial debería evolucionar hacia lo social, una intuición magistral realizada en una época en la que la novela negra no tenía ni tan siquiera una perspectiva de existencia. Una nueva muestra de la clarividencia del autor).
«Debido a una curiosa confusión, muchos críticos modernos han pasado de la proposición de que una obra maestra puede ser impopular a la proposición de que si no es impopular no puede ser una obra maestra. Es como si dijésemos que, como un hombre inteligente puede tener un impedimento en el habla, uno no puede ser inteligente si no tartamudea.» Chesterton fue uno de los pocos partidarios en su época de los relatos de detectives, que eran denostados desde su aparición, y uno de los pocos que no se avergonzó ni de escribirlos ni de ensalzarlos. Su propia ficción pervive como un hito del género, sólo por debajo (pero muy poco por debajo) del Sherlock Holmes de Conan Doyle. Su entusiasmo puede parecer desmesurado, sobre todo cuando se refiere a obras que ya hace tiempo duermen el sueño de los justos y que no merecerían ser reeditadas, pero cuando Chesterton defendía estos relatos lo que estaba en verdad defendiendo era una forma de narrar la lucha del bien contra el mal, un vehículo para ensalzar al ser humano en lo que tiene de bueno y decente, precisamente contraponiéndolo a los puntos más bajos a los que puede llegar.
Leer estos ensayos no es adentrarse en el género criminal. Es leer una filosofía de vida y de escritura, escuchar las opiniones bien razonadas de quien fue una de las primeras mentes de su época, es escuchar una apasionada defensa del ser humano y contemplar una mirada amable y comprensiva sobre los actos de la humanidad. Siempre con una expresión literaria deslumbrante y clara, llena de humor, que sorprenderá a quienes se acerquen a él pensando encontrarse con una antigualla del cambio al siglo XX, y que será, para aquellos que ya conozcan a Chesterton, como el reencuentro con un viejo y buen amigo.

Acantilado / Quaderns Crema
Barcelona, 2011 [varias]
Trad. de Miguel Temprano García

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Jefe de Estación Fallmerayer, de Joseph Roth

Joseph Roth, en apenas 57 páginas de pequeño formato y letra legible, escribe una historia mínima en apariencia; en realidad, cuando se termina de leerla y se reflexiona, hay mucho en tan poco texto.
Adam fallmerayer es un jefe de estación austríaco cuya vida, como la de los trenes cuyo paso controla, está perfectamente reglada. Se ha elevado a una posición funcionarial por encima de sus orígenes. Se casó por amor también por encima de su posición. Tiene dos hijas gemelas a las que aprendió a querer. Su vida es ordenada, estable, y nop parece desear nada más del destino.
Un día, se produce un accidente ferroviario en las cercanías, y cuando Fallmerayer acude a prestar auxilio, descubre a la condesa Walewska, rusa de los alrededores de Kiev, y queda fascinado al momento. Como precaución médica, la condesa es alejada en la vivienda de Fallmerayer en la estación, y allí la obsesión del jefe ferroviario crece.
Llega la Primera Guerra Mundial y Fallmerayer es movilizado. Destinado al frente ruso, la ocasión llega, para la que el ahora oficial del ejército se ha estado preparando a conciencia, aprendiendo ruso incluso, y se presenta en la mansión de la condesa. Ésta lo recibe al principio con turbación, pero es ganada por la inevitabilidada del amor que parece dominar a Fallmerayer. El marido de la condesa está dado por muerto en combate, Y Fallmerayer, sin un momento de duda, se hace cargo de la situación. Con la revolución rusa y la guerra, deserta del ejército, abandona sin mirar atrás a su familia y se dedica a hacer realidad el exilio de la condesa, acompañándola como marido y amante devoto.
Hasta aquí, más o menos, la mitad de la trama. Lo que nos cuenta Roth no es más que la historia de esta obsesión y la determinación de hacerla realidad. Hay que tener en cuenta que, cuando los acontecimientos llegan a su final, ni tan siquiera sabremos qué es de la vida posterior del exjefe de estación. Roth se preocupa más que de este amor loco, su consecución y su final.
Sin embargo, Roth no deja de jugar con los simbolismos y los paralelos. Una vida ordenada y metódica que cambia con una catástrofe ferroviaria, un cataclismo que tiene su igual en el ánimo de Fallmerayer. la vida, nos dice, no es previsible; igual que existen momentos caóticos, así pueden ser de caóticos los sentimientos. Y si el accidente provoca una mutación, también ésta está teñida por la locura, por la negación de todo. El ser humano no es más predecible que cualquier acontecimiento.
Este proceso de negación, de transformación, más que la historia de amor, es el motor de esta novela corta. Nos sorprende por su frialdad, por su método, por su marcha incesante hacia adelante. Fallmerayer no puede estar seguro de que la vida de acerque al lugar donde vive la condesa, ni de que esté precisamente allí, ni de que su marido haya desaparecido. Sin embargo, no deja de prepararse para ese día, con una obcecación que rayaría en la locura si no fuera por su método.
Sólo nos queda (último salto en el aire del autor) preguntarnos por cómos erá la vida de Fallmerayer una vez la historia se haya acabado y haya dilapidado (o vivido, no sé) dos vidas. 

(Stationschef Fallmerayer)
Acantilado / Quaderns Crema
Barcelona, 2008 [1933]

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La Dama de las Camelias, de George Cukor

SESIÓN MATINAL 

(Camille); 1937

Director: George Cukor; Guión: Frances Marion, James Hilton, Zoe Akins, basado en la novela de Alexandre Dumas; Intérpretes: Greta Garbo (Marguerite), Robert Taylor (Armand), Lionel Barrymore (Monsieur Duval), Henry Daniell (Barón de Varville), Elizabeth Allan (Nichette), Lenore Ulric (Olympe), Laura Hope Crews (Prudence), Rex O'Malley (Gaston), Jessie Ralph (Nanine), E. E. Clive (Saint Gaudens); Dir. de fotografía: William Daniels; Música: Herbert Stothart.

La historia de la cortesana que se enamora de alguien no tan rico como son los que acostumbran a mantenerla, y que tras encontrar este auténtico amor muere trágicamente de tuberculosis, un clásico universal ahora venido a menos, parecía el vehículo menos propicio para Greta Garbo. Sin embargo, esta película se sostiene gracias a ella, que llena la pantalla en cada aparición suya. No importa que a veces, esas poses de languidez, tan típicas del cine mudo y principios del sonoro (ya saben, el cuello echado para atrás para hablar con alguien, por ejemplo) distraigan la atención del espectador moderno. Lo cierto es que Garbo proporciona una sensualidad inusitada a cada plano en el que interviene. Acompañada por un elenco bastante calamitoso, a excepción de Henry Daniell, que borda un cínico y frío Barón de Varville.
Todo ello, en la exuberancia que en la Metro creían que era "estilo"; ciertamente lo fue en sus producciones, que llegaron a alcanzar tal lujo en su mobiliario y decorados, que resultaban vulgares (y esta película no es una excepción).
Una dirección tan excelente por parte de George Cukor que apenas se nota, aunque hay que fijarse en lo sutil de ese estilo de dirigir.
En fin, no una gran película, pero sí un gozo de interpretación, que fascina y obliga a seguir viendo el filme.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Bob Crosby

Bob Crosby, sí; el hermano de Bing Crosby, el cantante y actor. Bueno, Bob CRosby no era tan buen cantante como su hermano, pero lo que sí un buen líder de orquesta. Con su big band o su grupo reducido, los Bobcats, hizo un jazz estilo dixieland muy alegre y bien interpretado.
Y, aunque sólo fuera por dos piezas, South Rampart Street Parade y Big Noise from Winnetka, su lugar ya estaría asegurado en la historia del jazz. South Rampart Street Parade es obligatorio en todas las discografías, y si bien tal vez no les sonará por su título, en cuanto escuchen los primeros compases lo reconocerán: ha sido usado, sobre todo en programas deportivos, intensamente. Big Noise... es un pequeño detalle de humor, y ya saben que siempre digo que el humor es consustancial al jazz, siempre que se haga con respeto a la música. Un respeto que percibirán de inmediato.
Los temas que escucharemos, en esta antológica de la orquesta de Crosby, son: Dixieland Shuffle (Riverside Blues); Royal Garden Blues; Little Rock Getaway; South Rampart Street Parade; Dogtown Blues; Panama; Wolverine Blues; The March of the Bobcats (interpretada por el grupo pequeño del mismo nombre); Big Noise from Winnetka; y I'm Free (What's New).
Presten atención a los comentarios del Cifu, y que disfruten.


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El Secreto de la Botella, de Gerald Kersh

Gerald Kersh es un autor conocido sólo por un puñado de aficionados al género terrorífico. Y sin embargo, por lo menos un par de cuentos suyos figuran en todas las historias del género que se precien. Uno de ellos es El Secreto de la Botella, también publicado a veces como La Botella de Oxoxoco.
El relato tiene un inicio enigmático. En un mercadillo mexicano, un hombre compra una botella de aspecto extraño, vidriada, antigua, sin duda, pero cuya función se desconoce. Esto sólo ya es bastante como para despertar la curiosidad del lector, pero lo mejor está por llegar. Tras varios años, y redescubierta en un trastero, esta botella se rompe y deja a la vista un extraño objeto, parecido a un cigarro puro y que resulta ser un papel enrollado.
Y aquí viene lo bueno. El papel en cuestión no es sino el último escrito de Ambrose Bierce.
El "Amargo" Bierce, que este blog ama y respeta, desapareció sin dejar rastro en 1914, en plena revolución mexicana, en lo que a veces se ha interpretado como un suicidio original (meterse en una revolución y lanzar la moneda al aire de si saldrás vivo de ella o no; al parecer fue que no, aunque nadie lo sabe con certeza). Un hecho que ha causado ríos de tinta entre los escritores y estudiosos, y otra novela de mérito: Gringo Viejo, de Carlos Fuentes.
En este papel, y después de brindarnos un introito supuestamente autobiográfico en el que Kersh demuestra que había entendido muy bien la ironía de Bierce, el propio escritor relata cómo, para evitar la llegada de Villa o Zapata, compra un burro albino y se adentra en la selva de Oxoxoco, donde se encuentra con una extraña mansión, que parece alejada del tiempo pero que alberga en su interior todas las comodidades de la vida moderna. Allí es recibido por su culto propietario, quien homra al gran escritor y le brinda hospitalidad.
Con qué propósito es esta hospitalidad, lo dejaremos para el lector que se acerque a este relato. Sólo remarcar que es un final tan grotesco (en el buen sentido, es decir, en el que le daba Poe) y tan extremo que sin duda hubiera complacido al propio Bierce.

(The Secret of the Bottle)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1957]

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La Casa Infernal, de Richard Matheson

El tema de la casa encantada, como epítome y variante del "Mal Lugar" es un viejo favorito del género de terror. Sin embargo, cosa extraña, no existen muchas novelas centradas en este tema, por lo menos buenas. Lo cierto es que es difícil prolongar a la extensión de novela el tema, con lo que las casas malditas aparecen en nuverosos relatos y novelas cortas, pero parece que los fenómenos que concurren en esas mansiones no dan para mucho.
Con una casa encantada se puede matar de miedo al protagonista, por lo general en una noche (o hacer que salga de la mansión con el pelo blanco), o empezar a hacer trapisondas contra los incautos que entran en ella y que huyen a toda mecha, dispuestos a incrementar la fama de malignidad del edificio.
Sólo hay tres novelas de mérito que traten el tema: The Haunting of Hill House, de Shirley Jackson, con mucho la mejor y más literaria; The Amityville Horror, de Jay Anson, lastrada por la etiqueta de que no se trata de una novela, sino de un relato "real" novelizado; y La Casa Infernal, de Richard Matheson, con tal vez el añadido de The House Next Door, de Anne Rivers Siddons.
Para que esos citados incautos permanezcan el tiempo suficiente en una casa encantada, hay que encontrar un motivo para que, les guste o no, tengan que anclarse allí y soportar todo lo que la casa les quiera echar encima, a veces muy literalmente. En el caso de la novela de Matheson, la excusa la proporciona un anciano millonario, Rolf Rudolph Deutsch (¿resonancias tal vez de William Randolph Hearst y, por tanto, de Charles Foster Kane? Es muy posible), viéndolas venir, quiere estar seguro de si hay existencia más allá de la muerte, y por tanto encarga al doctor Barrett, un científico que estudia lo paranormal, pero de forma materialista (y que entrará en la casa acompañado de su esposa, como ayudante), una médium psíquica, Florence Tanner, y un médium físico y único superviviente de una antigua incursión, Benjamin Franklin Fletcher, que entren en la infame Casa Belasco, la más potente de las mansiones infernales, y diluciden el tema en una semana.
La Casa Belasco pronto se convierte en un personaje más de esta novela. Habitada en teoría por el espíritu de su demoníaco propietario, más una cohorte de servidores en el mal que murieron allí, es una presencia intangible, agazapada, que cuando se muestra tiene una potencia terrible, y eso es mérito del gran narrador Matheson.
Por supuesto, como ya hemos dicho, no sólo con fenómenos y poltergeists se puede mantener una narración semejante en tensión. Matheson entra muy pronto en la psicología de cada uno de los miembros del grupo, unidos en un objetivo pero en el fondo enfrentados, Barrett escéptico ante la permanencia de entidades psíquicas, Florence auténtica creyente en el más allá, y Fletcher asustado por lo que ya ha vivido en esa casa, de la que salió vivo de milagro, y por lo que puede hacer al grupo, con Edith Barrett como puente entre ellos.
Es una de las mejores novelas que se puedan encontrar sobre este subgénero, escrita por alguien que una y otra vez (Soy Leyenda; El Hombre Menguante) entró en el género con una inteligencia inusitada y una profundidad de argumentos que desmentían todas las leyendas de superficialidad de la moderna ficción de terror.

(Hell House)
Ed. Planeta / Minotauro
Barcelona, 2011 [1971]

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Minotauro recupera para su colección de clásicos una de las mejores novelas sobre casas encantadas del maestro del terror Richard Matheson

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Los Espías de Varsovia, de Alan Furst

Alan Furst escribe novelas de espionaje. Pero, a diferencia de las que hace John Le Carré, Furst prefiere situarse en la época "clásica", la Segunda Guerra mundial y su entorno histórico. Se evita así el desencanto de la profesión de espía, combatiente sucio en un mundo cuyos ideales son difusos, y en cambio aprovecha el período en el que luchar contra los totalitarismos fascistas, de la manera que fuese, era una forma de heroísmo.
No es que no existiera guerra sucia, entendámonos, pero si hasta el Smiley de John Le Carré hizo sus primeras armas en ese conflicto, y lo rememoraba como una era en la que la razón luchaba contra la inhumanidad, no podemos reprochar a Furst que, con todos los claroscuros que se quieran, sus protagonistas tengan una pátina romántica que parecía perdida en el género.
Hablando de romanticismo, algunos críticos sagaces han percibido muy acertadamente que en realidad, lo que Furst escribe son novelas de amor en el entorno de preguerra, un sentimiento que representa lo único luminoso en un mundo que se oscurece. Aunque es exagerado afirmar que el romance se sobreponga al espionaje, no está desencaminado. Tampoco es nuevo. Graham Greene escribía novelas de espías sólo en apariencia; en realidad, aprovechaba para escribir obras morales, sobre todo de ética cristiana, de manera que esta melange no resulta inusitada, sobre todo en un oficio en el que el fingimiento del amor es otra arma para conseguir información.
Pero todo esto son características, no valoraciones. Lo que cabe preguntarse es si, tras todo ello (que no es nuevo), esta novela merece la pena. Ya habrán observado que no he dicho nada sobre el argumento y, francamente, tanto da. Preocuparse por saber las mejoras de blindaje del cuatrolatas que era el Panzer I, cuando se conoce que los caballos de batalla serían los III y IV, es indiferente. Los grandes trabajos que el protagonista se toma para presenciar las maniobras de los tanques alemanes en la Selva Negra, cuando se sabe que los aliados no creyeron que los nazis avanzarían por las Ardenas, no provocan grandes emociones salvo las de la aventura, que sí están presentes. Lo que importa en la novela de Furst es el ambiente, la atmósfera de preguerra, la plasmación novelística de una época. Y ahí es donde Furst se luce, y por eso sus novelas se denominan como históricas de espionaje y las comparan con las del maestro Eric Ambler.
El ambiente diplomático de los años treinta, una Varsovia que oscila entre la confianza de la alianza con las potencias y la amenaza alemana, el juego de unos personajes en un mundo en paz pero que son plenamente conscientes del conflicto que se avecina, ese sentimiento de inmersión en la época es lo que hace de las novelas de Furst un apasionante viaje en el tiempo.

(The Spies of Warsaw)
Ed. Seix Barral, serie Alan Furst
Barcelona, 2009 [2008]

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Amor y espionaje en la mejor novela de Alan Furst.

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Una Giornata Particolare, de Ettore Scola

SESIÓN MATINAL 

(Una Giornata Particolare); 1977

Director: Ettore Scola; Guión: Maurizio Costanzo, Ruggero Maccari, Ettore Scola; Intérpretes: Sophia Loren (Antonietta); Marcello Mastroianni (Gabriele), John Vernon (Emanuele, marido de Antonietta), Françoise Berd (portera), Patrizia Basso (Romana), Antonio Garibaldi (Littorio), Alessandra Mussolini (Maria Luisa); Dir. de fotografía: Pasqualino de Santis; Música: Armando Trovaioli; Diseño de producción: Luciano Ricceri.

Una de las películas más conmovedoras que existen sobre la vida cotidiana durante el fascismo, esta película aúna el compromiso ideológico con la ironía, el humor y una profunda humanidad, lo cual no es extraño viniendo de Ettore Scola, un director que debería ser más famoso de lo que ya es.
El día en que Hitler llega a Roma para reunirse con Mussolini, toda la ciudad se moviliza para salir a alas calles a saludar a los dos jerarcas fascistas. Menos, en un bloque de viviendas típicamente mussoliniano, dos personas: el ama de casa Antonietta que tiene demasiado que hacer con una casa habitada por una familia numerosa, cuyo marido, mando intermedio fascista a su vez, espera aumentar para alcanzar el premio a la natalidad; y Gabriele, un locutor de radio homosexual y crítico que prepara su suicidio. Por un azar, ambos personajes se encontrarán en este bloque de pisos desierto (salvo la presencia de la portera, una metáfora de la vigilancia perpetua del régimen) y este encuentro, brevísimo, de unas pocas horas, cambiará, tal vez no sus vidas, pero sí su forma de pensar.
Scola consigue poner muchas cosas en un solo filme: la represión fascista de la homosexualidad, la represión que ejerció el fascismo sobre la mujer, la crítica a esta visión de la fémina fascista, enamorada platónicamente del Duce, y animada a que así sea, y que por otra parte sólo es vista como ama de casa y de cría. La trama de delación del régimen, y la unanimidad que éste, de grado o por fuerza, concitó.
Con unas interpretaciones magistrales por parte de La Loren y Mastroianni, es una película bellísima, plena de matices y en la que, a cada nueva visión, se puede descubrir algo nuevo.

Tráiler: Curiosamente, no he encontrado más tráiler de esta película que el holandés. Y pese a que sólo consiste en una serie de fotos fijas del filme intercaladas entre fragmentos de documantales del encuentro Hitler-Mussolini, tiene su gracia y un innegable estilo.



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Jazz Porque Sí: John Scofield en Tampere

Esta semana tenemos como protagonista a la guitarra de jazz contemporánea, de la mano de uno de los mejores exponentes de este instrumento, John Scofield. A trío, con unos músicos de excepción: el excelente baterista Bill Stewart y Steve Swallow al bajo eléctrico. Ojo a los tres, por supuesto, porque juntos forman una de las mejores pequeñas formaciones que se pueden encontrar en el jazz, pero particularmente presten atención a Swallow. Es un magnífico bajista, creador de un lenguaje en el bajo electrificado, y si consultan las discografías de jazz verán que aparece en todas ellas, y en las mejores con más de diez temas a su cargo que merecen atención, algo rarísimo en un bajo, un instrumento que siempre tiende a quedar en un segundo plano.
En cualquier caso, también descubrirán, si no lo han hecho ya, el estilo de Scofield, impecable, lleno de swing y con una coherencia de improvisación y de imaginación en los solos que va más allá de lo normal.
Escucharemos Trio Blues; Season Creep; Chicken Dog; Museum; el medley Lost and Found and In-Between / Twang, todos temas del propio Scofield; y el estándar You've Changed.
De manera que prepárense su bebida favorita, pónganse cómodos, escuchen los comentarios del Cifu, que les presentará a los integrantes del trío, y disfruten de este concierto.


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Dinero Embrujado, de John Collier

John Collier merecería ser mejor conocido por el público lector español. Si existió un Roald Dahl, cáustico y sorpresivo, es probablemente porque Collier mantuvo la llama de ese tipo de relato. Su producción no se limitó a esas historias extraordinarias, sin embargo, y entró en lo sobrenatural, lo terrorífico, la fantasía, la distopía, etc. Siempre con una gran clase. Prueba de ello es que haya sido ensalzado por Anthony Burgess, Ray Bradbury, Neil Gaiman o Paul Theroux.
El relato Dinero Embrujado es tremendamente original, y es casi imposible de clasificar: no es de terror, aunque se evoca el horror del asesinato colectivo; no es sobrenatural, aunque algunos de sus pasajes tienen una imaginería tal; no es un policíaco, aunque haya un crimen; es, sí, un relato de humor, pero de un humor negro. Pero lo más notable de todo es que su motor narrativo es financiero. Entendámonos, muchas historias tienen como móvil el dinero, pero muy pocas tienen como argumento central los mecanismos financieros en sí. Y, para rematar el tema, cuando encuentren un relato cuyo título es parte integrante de la narración, algo que la complementa y matiza, presten atención a su autor. Es señal de narrador meticuloso y conocedor de su oficio, cuando menos. Es el caso de este cuento.
En un pueblo perdido de los Pirineos Orientales aparece de repente un loco. Un loco, claro está, para los habitantes del pueblo. En realidad se trata de un pintor, que queda fascinado por lo desolador del paisaje, por la luz, por los árboles escasos. Claro, todo esto los habitantes lo consideran una locura: tierra miserable, sol abrasador y pocos árboles raquíticos. El caso es que el pintor quiere alquilar una casa, pero allí las casas no se alquilan, se compran y venden. Muy bien, entonces el pintor comprará una casa. Y lo hará, a precio prohibitivo, pero lo hará. Y cuando llega la hora de pagarla, el forastero saca un librito, arranca una hoja y se la tiende al aldeano, diciéndole que es tan bueno como el dinero en efectivo.
En el pueblo nadie sabe ni leer ni escribir, y mucho menos conocen un cheque bancario, que es lo que efectivamente ha entregado el pintor. Para pasmo del pueblerino, cuando viaja a Perpiñán para cobrar el cheque en el banco, al cabo de una semana le entregan el dinero.
A partir de aquí todo lo que se explique del relato es romper su magia, de modo que si no quieren quedarse sin la sorpresa, lean el cuento en alguna de sus ediciones y dejen de leer esta reseña salvo en su último párrafo.
Por supuesto, la mente humana nunca descansa, y lo que los aldeanos saben es que ese artista tiene todo un libro lleno de esas hojas que valen treinta mil francos cada una. ¿Y quién conoce al pintor? ¿Y quién sabe que está en el pueblo? La conclusión lógica y el reparto del botín siguen. Entonces es cuando se desata una auténtica fiebre financiera, inflacionaria y consumista en el pueblo. Usando los cheques (en blanco y sin firmar) como moneda corriente entre los habitantes, empieza a moverse el dinero, a ampliar negocios, a adquirir lujos. Pero claro, un día u otro ese dinero tendrá que "exportarse" fuera del pueblo... El final del relato es brillante en su contención, pero también en lo grotesco de su imaginería.
Es un relato brillante, inusitado, realizado con unos instrumentos que nadie, a mi conocimiento, había empleado hasta entonces, un cuento único en su clase, y uno que da una muy buena referencia de quién fue el gran narrador llamado John Collier.

(Witch's Money)
En Cuentos Que Mi Madre Nunca Me Contó
Ed. Bruguera, col. Libro Ameno
Barcelona, 19762 [1939]

Reeditado en español en el libro Fiesta en una Botella, de Ed. Contraseña


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Cervantes en Barcelona, de Martín de Riquer

IN MEMORIAM: Martí de Riquer (1914-2013) 

Martín de Riquer fue un lujo para nuestra cultura que, por desgracia, no tendrá reemplazo fácil, si es que alguna vez lo tiene. Medievalista excelso, investigador definitivo del Tirant lo Blanch, experto en poesía trobadoresca y uno de los cervantistas más ilustres y esclarecedores que han existido, su erudición y sabiduría fueron incomparables, prodigiosas. Pero, capaz de todo, siempre expuso sus argumentos con autoridad, documentación y criterio, pero de manera clara y hasta amena, lo que le hizo trascender el mundo académico y alcanzar un segmento de público mucho mayor del que se acostumbra en campos que, a veces, amenazan con una aridez que se reserva a los especialistas.
En este estilo, expresivo, apasionado y razonable, este ensayo Cervantes en Barcelona trata de la supuesta estancia del autor de El Quijote en la Ciudad Condal, algo que sólo es conjetura, a pesar de la muy popular costumbre barcelonesa de señalar la casa del Paseo de Colón, nº 2, como "la casa de Cervantes".
Que Cervantes viviera en Barcelona una temporada es algo probable. Pero, como tantas cosas del mundo cervantino, otro asunto es probarlo o, si esto no es posible, dar argumentos que hagan posible esa probabilidad.
Los biógrafos suelen datar esa estancia en 1569, cuando huía de Madrid hacia Italia. Martín de Riquer, con un análisis minucioso de los episodios catalanes de Las Dos Doncellas y la segunda parte del Quijote, traslada (y demuestra) esta estancia a 1610, cuando debió seguir al Conde de Lemos en busca de patrocinio (algo muy normal en la época) y, sí, probablemente en la casa que la tradición le atribuye, o en todo caso en una muy cercana.
Dominador absoluto de todo aquello que se ha escrito y descubierto sobre Cervantes, Martín de Riquer pasa por todas las posibilidades y descarta los imposibles, y entonces acumula referencias hasta encontrar fecha, época y lugar en el que la estancia de Cervantes se produjo.
Todo ello, insisto, en una prosa clara, inteligente, legible y amena, algo difícil de encontrar en el campo de la exégesis literaria. Y para los que crean que discutir si Cervantes estuvo o no en Barcelona es como tratar del sexo de los ángeles, les diré que para llegar a esta conclusión Riquer realiza un auténtico paseo por la Barcelona de la época y su vida cotidiana. Al fin y al cabo, y aunque la estancia fuera breve, lo que sorprende es que Cervantes fuera tan perceptivo como para recorrer sus calles y conocer sus gentes, situarse tan bien en la geografía y entablar contacto íntimo con la vida y preocupaciones de la ciudad; todo lo cual queda reflejado en El Quijote. Pero, como señala Martí de Riquer, tampoco es de extrañar. Barcelona adoraba la primera parte del Quijote (y siempre ha sido ciudad cervantina), y la acogida que debió dispensar a su autor debió halagarle sobremanera, tanto como para motivar los elogios que dedica a la ciudad en la segunda parte. En este estado de cosas (y para fastidiar a Avellaneda, autor de ese Quijote falso que tanto molestó a Cervantes) decidió que Don Quijote y Sancho no fueran a Zaragoza sino a Barcelona.
El historiador desearía conocer y tener documentados todos los hechos. Sin embargo, esto nos hubiese privado de este paseo delicioso que Martí de Riquer nos invita a realizar en este ensayo. Más allá de la sabiduría ya reconocida, la pérdida de Martí de Riquer nos ha privado de verla perpetuada. Descanse en paz.

Acantilado / Quaderns Crema, col. Cuadernos del Acantilado
Barcelona, 2005 [1989]
Publicado anteriormente como parte de Para Leer a Cervantes

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El Distrito de Sinistra, de Ádám Bodor

Hay que aclarar, aunque sólo sea a efectos de paisaje, que Bodor pertenece a la minoría magiarófona de Rumanía, por lo que la presente obra, aunque escrita en húngaro, tiene unas inequívocas referencias rumanas tanto geográficas como de personajes.
En realidad no se trata de una novela, sino de una serie de relatos de trasfondo y protagonista comunes que, juntos, constituyen una historia única y coherente. De ahí que puedan haber marchas y contramarchas en el tiempo, y descripciones que parecen reiterativas, aunque sólo son insistentes en ciertos detalles que se revelan importantes.
Y aclaremos que todo lo relatado no es sino una inmensa parábola, un microcosmos cerrado que en realidad se refiere a todo un país. En él vive Andrei Bodor, un hombre que ha perdido sus papeles y por tanto su identidad. Da igual, cuando llega al distrito de Sinistra se le da una nueva en forma de chapa grabada y colgada del cuello (algo que recuerda a los usos esclavistas, una interpretación que se confirma avanzada la historia). El distrito no es sino una inmensa región montañosa, una reserva de osos, en la que quienes los cazan (los privilegiados con la caza, diríamos) son amos y señores, y quienes lo habitan son funcionarios del estado y la reserva, que realizan tareas inútiles en apariencia.
Esa reserva, envuelta en nieblas, con unos límites precisos pero que, a efectos prácticos, podrían estar en el infinito, pues nada parece haber más allá, salvo el rumor de la existencia de otros lugares, confiere un aire onírico a todo el relato, como de pesadilla, ni siquiera matizada por el hecho de que la tierra sea inocente y neutral.
Y así pasan los años de Andrei Bodor, viendo los cambios que, para peor, suceden en la reserva. Viendo cómo se decretan cambios arbitrarios de oficio para los habitantes, cómo aparecen los gansos grises, hombres uniformados y uniformes que son los ejecutores de la coronel Coca Mavrodin. Cómo las decisiones, no por arbitrarias, dejan de ser ejecutadas («Anunciaron, pues, que este año no se produciría la epidemia, de modo que no haría falta vacuna alguna, y que todos se fueran a sus casas en paz. Después de engatusar a los pacientes para que saliesen de la consulta, ellos mismos se encargaron de sacar al patio las cajas con los medicamentos, y las aplastaron todas.»), y, al final, cómo unos titiriteros que salieron a la calle amenazan el orden establecido.
Bodor no sólo establece una atmósfera de opresión mediante el contraste del gran espacio abierto y las mentes cerradas, sino que logra que en esta narración en clave, sin referirse a Rumanía, la metáfora sea válida para cualquier régimen totalitario, y que conociendo por íntimo a los habitantes del distrito, percibamos cómo sus vidas dejan de ser propias para pasar a ser menos que nada para un régimen que nada las considera.
Todo ello con una prosa viva, detallista y medida, que sabe transmitir sentimientos y estados de ánimo con una maestría que hace que El Distrito de Sinistra adquiera tintes de gran literatura.

(Sinistra Körzet)
Acantilado / Quaderns Crema, col. Narrativa del Acantilado
Barcelona, 2003 [1992]
Trad. de Adan Kovacsics

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Caballero sin Espada, de Frank Capra

SESIÓN MATINAL 

(Mr Smith Goes to Washington); 1939

Director: Frank Capra; Guión: Sidney Buchman, basado en el relato de Lewis R. Foster; Intérpretes: James Stewart (Jefferson Smith), Claude Rains (Senador Joseph Paine), Jean Arthur (Saunders), Thomas Mitchell (Diz Moore), Edward Arnold (Jim Taylor), Guy Kibbee (Gobernador Hopper), Eugene Pallette (Chick McGann), Beulah Bondi (Ma Smith), Harry Carey (Presidente del Senado), H. B. Warner (Líder de la Mayoría del Senado), Astrid Allwyn (Susan Paine), Ruth Donnelly (Sra. Hopper), Charles Lane (Nosey), Porter Hall (Senador Monroe); Dir. de fotografía: Joseph Walker; Montaje: Slavko Vorkapich; Música: Dimitri Tiomkin; Dir. artística: Lionel Banks.

Hasta la fecha, no se habían producido películas sobre política. Biografías de políticos, sí; películas sobre grandes hechos históricos con componente política, también. Pero no filmes que trataran sobre el funcionamiento de la política real, la que en apariencia se dedica a minucias sin importancia que, sin embargo, importan a los afectados.
Y cuando se realizó y se estrenó esta Caballero sin Espada (su título original, "El señor Smith (es decir, el señor normal y corriente) va a Washington" es mucho más acertado) su éxito sorprendió a la misma empresa, preocupada, y mucho, acerca del poco público que podía atraer un filme sobre la pequeña política, y sobre todo, alarmada por el mensaje de crítica que llevaba. Irónicamente, Hollywood entraba en el juego de lo que estaba a punto de denunciar. Sin embargo, tanto Capra (ese adalid del New Deal), como el guiionista Sidney Buchman superaron los escollos, suavizando en algunas partes el mensaje; probablemente sabían que quedaría igual de corrosivo.
La historia es simple: Jefferson Smith es elegido y se convierte en el senador más joven de Estados Unidos. Además de juventud, lleva al Senado todo el idealismo que su edad, su ingenuidad y su bonhomía es capaz. Y allí se da de bruces con la auténtica política nacional, con sus lobbys de presión, sus jugarretas subrepticias, en fin, con todo el juego sucio que los políticos pueden hacer para defender otros intereses que no son precisamente los del pueblo americano. Decidido a luchar contra ello, y desde dentro (y este es un mensaje importante), Smith recurrirá a todo resquicio que el reglamento del Senado le proporcione, incluyendo la primera muestra en pantalla de lo que se ha venido en llamar "filibusterismo parlamentario", tomando la palabra y no cediéndola durante cerca de veinticuatro horas, en unas escenas que se han hecho famosas.
El éxito no sólo fue de público y crítica (obtuvo once nominaciones a los Oscar). a película tuvo el honor de ser prohibida por la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la España de Franco y la Unión Soviética de Stalin, y en otros países se dobló de manera que su mensaje fundamental quedara alterado. En los mismos Estados Unidos, varios políticos y senadores reaccionaron abruptamente ante ella, quedando retratados en el proceso. Joseph P. Kennedy, padre de JFK y entonces embajador estadounidense en Gran Bretaña, dijo: "Creo que exhibir la película en países extranjeros haría un daño irreparable al prestigio de América en el mundo".
Todo esto por una modesta película, una obra maestra, con interpretaciones geniales, un gran guión, una extraordinaria dirección y cuyo mensaje, en definitiva, no era otro que el que declara Jefferson Smith: "No daría ni dos centavos por sus fantasiosa normas si, tras ellas, no hubiera un poco de sencilla y común amabilidad con la gente... y algo de consideración por el prójimo, también".

Tráiler: Como podrán comprobar, en este tráiler de la época apenas se menciona la trama de la película; se limita a ensalzarla por quien interviene en ella, incluyendo el elogio de un crítico. Y es que la mención de que se trataba de una película sobre políticos bien podía alejar al público de los cines...



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Jazz Porque Sí: Thelonious Monk en el Five Spot

Esta vez nos encontraremos con el cuarteto de Monk en las actuaciones grabadas que dio en el club Five Spot de Nueva York en 1958.
Un cuarteto que, aparte Monk al piano, tenía a uno de los grandes saxofonistas tenores de la historia del jazz, Johnny Griffin. Sonido a veces áspero, lo que denominaríamos agresivo o impetuoso, con una técnica fuera de serie y con una capacidad de improvisación excelente, como podremos comprobar en estas grabaciones, en las que realiza un par de stop-chorus (es decir, quedarse solo sin ningún acompañamiento en medio de un tema) de quitarse el sombrero. Junto a un contrabajista excelente como Ahmed Abdul Malik, y un gran batería, Roy Haines.
Los temas son: Nutty; Blues Five Spot; Let's Cool One; In Walked Bud; y Blue Monk.
Temas desarrollados más extensamente que en grabación de estudio, con momentos para el lucimiento de todos los integrantes del cuarteto y con un Monk que siempre, siempre resulta sorprendente.
Atentos a los comentarios del Cifu, y que disfruten.


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El Beso, de Gustavo Adolfo Bécquer

A Bécquer, uno de los santos patrones del romanticismo español, sus Rimas, sobre todo aquella de "Volverán las oscuras golondrinas...", le han hecho mucho daño. Han sido tan sobreutilizadas que, como dice Umberto Eco, han pasado a degradarse incluso en su valor intrínseco. Y eso ha provocado que se hayan ridiculizado, parodiado y denigrado hasta la extenuación. Y si hablamos de su obra en prosa, ha sufrido otra de las peores maldiciones que la obra de un escritor puede sufrir, como es la lectura obligatoria en colegios; no hay nada peor que leer un libro porque te lo ordenan.
Una lástima, porque en concreto sus Leyendas no tienen nada que envidiar a los mejores relatos fantásticos por ejemplo británicos, que tanta fama tienen.
En la que les presentamos hoy (y que pueden leer o bien escuchar en el enlace al pie de esta reseña), Bécquer entra de lleno en ese universal de la mitología y lo fantástico como es la escultura viviente, y demostrando de dónde toma la inspiración, en el mismo relato se refiere al mito de Pigmalión y Galatea (no el de Polifemo y Galatea, que es completamente distinto).
Un poco por aprovechar la fama de revolucionarios republicanos y ateos de la que gozaron las tropas napoleónicas y un poco porque viene muy bien para explicar qué hacen y porqué unos soldados en un convento religioso, sitúa la época en la Guerra de la Independencia la acción del relato, y su localización geográfica en Toledo. En un recurso muy querido por los escritores de la época, y muy utilizado desde entonces, el lugar preciso de la acción es imaginario, aunque Bécquer se preocupa de proporcionar espacios reales (la plaza Zocodover, el Alcázar, el monasterio de San Juan de los Reyes) para incrementar la verosimilitud de la historia.
Y en cuanto a su desarrollo, típico del romanticismo, es magistral: empieza por crear un ambiente fantasmagórico que acompañe a la percepción, luego pasa al cuartelero para explicar la belleza extrema de la estatua orante y la compañía de la del esposo de la muerta, nos introduce luego en una atmósfera de transgresión de los valores humanos y el desafío a lo sobrenatural, todo ello sin que haya un solo pasaje que podamos denominar terrorífico, para reservarse esa intervención sobrenatural en un final sorpresivo e impactante, lleno de fuerza.
No sé si alguno de ustedes tuvo que sufrir la lectura de este relato en tiempos escolares, pero mi recomendación es que le den una oportunidad por el puro placer de su lectura. Estoy seguro de que lo disfrutarán mucho más. 

En Leyendas
Ed. Bruguera, col. Club Joven
Barcelona, 1982 [1863]

Texto y lectura en audio de El Beso


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La Pequeña Ciudad Donde se Detuvo el Tiempo, de Bohumil Hrabal

Nos reencontramos con una de las típicas historias de Hrabal, enormemente vitalistas, llenas de humor y de una ternura para con sus personajes que las vuelven cercanas al lector.
Es un modelo narrativo que repite una y otra vez, pero que jamás cansa; su secreto es que Hrabal consigue crear personajes que son más grandes que la vida pero, a la vez, están tan arraigados en la cotidianeidad que se nos hacen creíbles y reconocibles de inmediato y, porqué no decirlo, envidiables en su filosofía vital.
En este caso, el personaje en cuestión es el tío Pepin, contador de historias autobiográficas increíbles (y que, en el fondo, nadie cree, aunque casi todos disfruten con ellas), visitador, animador y héroe de las barras americanas y los bares de la ciudad, gran seductor tocado con su gorra naval blanca y dorada, dispuesto siempre a bailar y a dar lecciones de higiene sexual extemporáneas pero narradas con gracia tal que se convierten en relatos literarios. Contrapuesto a su hermano, director de la fábrica de cerveza, cuya máxima pasión es la desmontar y volver a montar todo vehículo a motor que pueda adquirir, y al que la vida despreocupada de su hermano lleva a mal traer.
Y la ciudad donde se detiene el tiempo es donde viven estos personajes principales y todo el coro de vecinos y familiares que los contemplan. Una ciudad donde no pasa el tiempo porque, lleguen o se vayan los nazis y se imponga o no el sistema soviético, intenta seguir con su vida cotidiana, aparte de grandes ideologías, gestas y tragedias, en una aspiración a normalidad y tranquilidad que no siempre son posibles.
hay quien se sorprende de que, tras todo el vitalismo expresado por Hrabal en sus obras, sus finales sean trágicos o descorazonadores. Es la diferencia entre ser un narrador inteligente o idiota o, si quieren, entre ser perceptivo o cegarse a sí mismo con un falso optimismo. La vida, como sabía muy bien Hrabal, es dura, es cruel. Al fin y al cabo, todas las vidas acaban en la muerte, y en muy pocas ocasiones ésta es placentera, o justa, u oportuna. Pero Hrabal sabe también que preocuparse por cómo, cuándo y dónde se va a morir es emplear un tiempo precioso de vida en saber lo que es incognoscible y perder ese tiempo que uno podría emplear en gozar de la vida, en su forma más sencilla o más sublime, que ambas tienen su valor y sus recompensas.
¿Y cómo se convierte eso en literatura? La respuesta la proporciona el mismo Hrabal cuando dice, por boca del narrador: «yo sabía que a Dios la verdad le importaba tres pepinos; a Dios le gustan los locos y los lunáticos y aquellos a los que les falta un tornillo y los entusiastas, personas como mi tío Pepin, Dios admira las mentiras repetidas con fe, las mentiras entusiastas le resultan más agradables que una verdad razonable, sosa y aburrida.» Mentiras que, además, son bellas cuando las escribe Bohumil Hrabal, añado.

(Městečko, kde se Zastavil Čas)
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2013 [1978]
Trad. de Monika Zgustova

Portada y sinopsis


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Historia de las Tierras y los Lugares Legendarios, dirigida por Umberto Eco

Como lleva haciendo desde hace un tiempo, Umberto Eco ha dirigido (no escrito, aunque algunos textos son fácilmente reconocibles como suyos) este libro que combina la iconografía con la cita literaria y el ensayo. Es un esquema que ya ha seguido en Historia de la Belleza, Historia de la Fealdad y El Vértigo de las Listas.
Hay que aclarar que no se refiere a lugares inventados, o de novela, o de cualquier otra forma de ficción. No, lo que nos trae Umberto Eco y su equipo son aquellos lugares que la gente ha creído que existían y que en muchas ocasiones han sido buscados con ahínco; o que existieron y por alguna circunstancia hemos perdido su rastro.
Pasearemos por tanto por la Tierra Plana y las Antípodas; las tierras de la Biblia; aquellas relatadas por Homero en La Odisea, así como las Siete Maravillas del Mundo; las tierras del Preste Juan; el Paraíso Terrenal y el más materialista pero igualmente paradisíaco El Dorado; Atlántida, Mu y Lemuria; Última Thule e Hiperbórea; Los lugares donde descansa el Santo Grial; la localización de Alamut y la sede de los hashishin; el país de Jauja; las islas de Utopía; la Terra Australis Incognita, que tan evasiva se mostró durante siglos. El interior de la Tierra y Agartha; para acabar con una invención moderna, pero en la que mucha gente cree: Rennes-le-Château como lugar mágico (porque el lugar en sí está localizado, claro, pero sus criptas del tesoro y otras majaderías escritas por Dan Brown no).
Ciertamente se podría criticar estos libros como cortados por un mismo patrón; ciertamente, se podría aducir que no son más que una variante de esos libros de mesilla de café que pueblan los estantes de libros de regalo de las librerías. Sin embargo, hay un hecho distintivo en todos ellos, y es que todos tienen la virtud de incitar a la curiosidad del lector. Y en este aspecto la combinación de fuentes literarias, recursos iconográficos y texto de acompañamiento es especialmente acertada. Una cosa es leer sobre, pongamos, la tierra del Preste Juan y otra tener a la vista cómo la percibían sus contemporáneos y cuáles fueron los textos que causaron la curiosidad de aquéllos que fueron en su busca.
Sobre todo, este libro es un viaje a un mundo perdido en sí mismo, el del planeta Tierra cuando todavía tenía lugares que eran terra incognita, que excitaban la fantasía (y a veces la locura) de los seres humanos. Hoy, que tenemos cartografiado y a vista de satélite en nuestro ordenador todo el globo, puede ser que esta otra cartografía fantástica nos reconcilie con nuestra imaginación.

(Storia delle Terre e dei Luoghi Leggendari)
Ed. Lumen / Random House Mondadori
Barcelona, 2013 [2013]

Portada y sinopsis


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Toro Salvaje, de Martin Scorsese

SESIÓN MATINAL 

(Raging Bull); 1980

Director: Martin Scorsese; Guión: Paul Schrader, Mardik Martin; Intérpretes: Robert De Niro (Jake La Motta), Cathy Moriarty (Vickie La Motta), Joe Pesci (Joey), Frank Vincent (Salvy), Nicholas Colasanto (Tommy Como); Dir. de fotografía: Michael Chapman; Música: de fondos discográficos de bibliotecas; Diseño de producción: Gene Rudolf.

Tal vez una de las últimas películas con estilo producidas por el sistema industrial americano, y desde luego, una de las mejores de Martin Scorsese (que tanto puede encantar como desesperar a los que le seguimos), Toro Salvaje representó una apuesta arriesgada en muchos campos. Un guión que se sabía que no iba a ser admitido por los estudios, que se suavizó pero aún así acabó siendo tildado de violento. La decisión de realizar la película en blanco y negro, y una realización más que estilizada de Scorsese, que podía alejar al público, marcaron el rodaje de una película que, superando todas estas aprensiones, se convirtió en un éxito (menor) de público y crítica (inmenso) de inmediato.
Scorsese decidió llevar a la pantalla la biografía del boxeador Jake La Motta, y respetó bastante las vicisitudes de la vida deportiva y personal de éste. Cuando decimos bastante, quiere decir lo bastante que Hollywood respeta este tipo de cosas, es decir, que hay personajes reales que se amalgaman en uno solo, etc. Pero los hechos vitales están ahí. Ahora bien, ¿fue La Motta tan autodestructivo como se retrata en la caracterización de De Niro? Bueno, hasta donde llega mi conocimiento, La Motta no se ha quejado, y más bien ha avalado la actuación de De Niro (aunque puede que en esto la amistad pueda pesar: De Niro estuvo entrenando con La Motta antes de filmar la película, y al parecer se hicieron amigos).
En cualquier caso, poco importa. Hollywood nos pone delante un personaje, sea real o ficticio, y lo que Scorsese hace con él es mostrarnos su personal descenso a los infiernos, de la fama a la cárcel, pasando por el espectáculo, y a una posible rehabilitación de la que, si hacemos caso al final de la película, podemos dudar.
Soberbia dirección de Scorsese, en tándem con un Robert De Niro en uno de esos papeles "de carácter" que tanto parecían gustarle. Una película cuyo mayor elogio puede ser que es más que posible que cautive a los que no les gusta el boxeo.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Count Basie en el Americana Hotel de Miami

Hoy traemos una estupenda actuación que la banda de Count Basie dio en el Americana Hotel de Miami. Hay que decir que en aquella época la orquesta había alcanzado probablemente su mejor forma: después de la grabación de "Atomic Mr. Basie", la orquesta tenía un sonido más reconocible y único que nunca, el personal era de lo mejorcito, y esa coordinación intensa que era la marca de fábrica de las bandas de Basie había llegado a un punto tal que eran capaces de tocar con una compenetración que jamás ha conseguido otra formación de jazz.
Y eso se sigue demostrando en las actuaciones en directo. No se trata de grabar toma tras toma hasta llegar a una satisfactoria. Se trata de que eran capaces de hacerlo frente a público y a la primera. Un estilo, insisto, único en el jazz.
Escucharemos The Deacon; Cute; In a Mellotone; No Moon at All; Cherry Red; Can't Leave That Woman Alone; Roll'em Pete; Cherry Point; Whirly Bird; y el tema insignia de Basie, One O'Clock Jump, para indicar el final de pase. Pero sigan leyendo.


De hecho, hubo tres pases en esa sesión de baile organizada para esa convención de Miami, de manera que hay material para un segundo y hasta un tercer programa, y por tanto aquí está el repertorio del segundo pase y parte del tercero:
Splanky; Counter Block; Li'l Darling; Who, Me?; Five O'Clock in the Morning; In the Night; Smack Dab in the Middle; Everyday I Have the Blues; Back to the Apple; y Let's Have a Taste.
Como habrán podido comprobar, una música perfectamente reconocible en su estilo, en su sofisticación y en una perfección en la ejecución, rasgos todos que fueron las marcas distintivas de la que se calificó como la mejor orquesta de Basie.
Como siempre, atentos al Cifu y a sus explicaciones, así como a la identificación de los solistas de cada tema, y que disfruten.



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El Coche Fantasma, de Amelia B. Edwards

Amelia B. Edwards, que además de escritora fue egiptóloga (al parecer una de las pocas profesiones abiertas a las mujeres en la Inglaterra victoriana), escribió un puñado de historias de fantasmas; la que les presentamos hoy (y que pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña) fue escrita para la revista de Charles Dickens, All the Year Round, y desde su recuperación en los años veinte-treinta del siglo pasado, ha pasado a ser una pieza casi imprescindible de las antologías de género.
Por descontado, esta fama viene a que prácticamente se trata, si no de un precursor, sí de un precedente de lo que sería el relato victoriano de fantasmas en todo su esplendor; no olvidemos que Montague Rhodes james, quien probablemente fue el mejor exponente de este tipo de narración, tenía dos años cuando se publicaba El Coche Fantasma.
De manera que no esperen la depuración y la sutileza narrativa que con posterioridad caracterizaría a estas historias fantasmagóricas. Lo que es importante aquí son los rasgos, los elementos y las características básicas que serán las que conformen las narraciones posteriores: la descripción del carruaje fantasma, la preparación mediante una conversación en la que se siembran dudas sobre el escepticismo ante los espectros, la narración en primera persona y como hecho vivido, la creación de una atmósfera y la plasmación de ésta en el relato. Todo ello está presente en la narración de Edwards, y todo ello estará en la receta que autores posteriores emplearán con eficacia y gusto en los mejores casos.
Lean, por tanto, este El Coche Fantasma sin prestar demasiada atención a las pequeñas incongruencias o a lo abrupto de la narración; recréense en esos elementos y en los mejores pasajes de la historia y verán surgir el esquema de la narración sobrenatural victoriana ante sus ojos.

(The Phantom Coach)
En La Eva Fantástica
Eds. Siruela, col. El Ojo Sin Párpado
Madrid, 1989 [1864]

Texto en castellano de El Coche Fantasma
Texto en inglés de The Phantom Coach