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El Joc dels Miralls, de Andrea Camilleri

En Juego de Espejos a Salvo Montalbano se le multiplican los enigmas. Una bomba que estalla en un lugar donde no hay nada que pueda destruirse, comportamiento mafioso pero poco mafioso, lo cual tiene desconcertada a toda la comisaría; y, además, a su vistosa vecina alguien le ha averiado el automóvil a conciencia, en lo que parece un asunto de venganza por amoríos, aunque no cuadren en esta hipótesis muchos elementos. Por no hablar de cuando el fiel Fazio descubre, redondo y nítido, un agujero de bala en el automóvil de Montalbano, señal de que se está acercando demasiado a algo. Pero, ¿a qué?
Todos los enigmas tienen solución, si se saben leer según unas claves, y éstas son las del carácter siciliano, con sus códigos de honor y autoprotección. Este sigue siendo el punto fuerte de las historias de Montalbano; que no se trate sólo de casos policiales, sino que para resolverlos se necesite entrar en la idiosincrasia siciliana. Algo que, desde el principio, ha sido marca de la casa, un arraigo y comprensión de la tierra y sus gentes que permite ese rasgo de genio y de naturalidad que tiene Salvo Montalbano. Una característica difícil de encontrar en la novela negra contemporánea.
Hasta tal punto es así que, a diferencia de otras novelas de la serie, que podían basarse en hechos sucedidos pero modificados y adaptados, ésta era completamente inventada... hasta que, poco después de escrita y antes de publicarse, lo que se relata en Juego de Espejos sucedió. Puede que la realidad esté rindiendo homenaje a Camilleri.
Siempre es un placer reencontrarse con unos personajes que ya son familiares y queridos, sin duda la comisaría más peculiar de Sicilia, pero también la que mejor comprende a sus conciudadanos a uno y otro lado de la ley. Y seguir las peripecias vitales de un Salvo Montalbano que va notando el paso de los años, pero que finalmente ha salido del bache en el que, pensando que estaba acabado, se había metido. Ha resurgido creyéndose y siendo valioso y útil para la sociedad en la que vive y en ese nuevo impulso se ha crecido y domina los casos en los que se ve inmerso.
Todo lo cual tiene una cierta resonancia a personaje mítico, ¿no es cierto? Pues en ese valor es el que me gusta reconocer a Montalbano.

(Il Gioco degli Specchi)
Eds. 62, col. El Balancí
Barcelona, 2014 [2011]
Trad. de Pau Vidal
Serie Comisario Montalbano nº 24

Portada y sinopsis de la edición castellana


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Andrea Camilleri
Un nou cas de Montalbano, el comissari sicilià més famós de la història

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Une Nuit, de Philippe Levebvre

SESIÓN MATINAL 

(Une Nuit); 2012

Director: Philippe Lefebvre; Guión: Philippe Isard, Philippe Lefebvre, Simon Michaël; Intérpretes: Roschdy Zem (Comandante Simon Weiss), Sara Forestier (sub-brigada Laurence Deray), Samuel Le Bihan (Tony García), Grégory Fitoussi (abogado Paul Gorsky), Jean-Pierre Martins (Jo Linder); Dir. de fotografía: Jerôme Almeras; Música: Olivier Florio; Diseño de producción: Jean-Luc Raoul.

Una noche más, el comandante de la Brigade Mondaine, es decir, de la Antivicio parisina, Simon Weiss, sale a realizar su ronda de inspección, acompañada de una joven gendarme que le hace de conductora. Pronto empieza a percibir que le han tendido una trampa, y que le han denunciado a asuntos internos, e iniciará un combate para descubrir quién lo ha denunciado y para minimizar o anular, si es posible, los efectos de la denuncia, enfrentándose a sus colegas y a los amos de la noche.
En esta notable película, heredera de toda una tradición del negro americano y del "polar" francés, nos adentramos en el mundo de la noche parisina. Sabemos o sospechamos que bajo la capa de diversión se mueven otras cosas, y es en ellas donde el personaje de Weiss, interpretado por una actor que se está haciendo una institución en el cine francés, Roschdy Zem, se mueve como pez en el agua. Desde las pequeñas delincuencias y la vista gorda a locales agonizantes que ya apenas tienen cabida en el gran mundo de la noche, hasta los intereses de los grandes grupos delictivos que inauguran macrodiscotecas para blanquear dinero, por allí, en un constante viaje de idas y venidas por toda la ciudad, es por donde deambulamos en compañía de la pareja protagonista, descubriendo poco a poco los entresijos de ese mundo y entrando en conocimiento de ese policía que se mueve entre la ley y el vicio, cuando no directamente la delincuencia.
Weiss puede tener sus pequeños chanchullos, pero procura que el mundo de la noche no quebrante demasiado la ley. Y sin embargo, algo se ha torcido, y puede que sea que esas mafias nocturnas hayan decidido prescindir de él y recurrir a la protección de gente en posición más elevada.
Con un estilo sombrío, nacido de una excelente fotografía, y una actitud más de amargura que de filme de acción (que no es), Lefebvre ha realizado una película auténticamente notable, sobresaliente si la comparamos con otras realizaciones del género negro contemporáneo, en la cual los protagonistas no son totalmente puros, pero tampoco totalmente corruptos, en la que el constante movimiento de cámara y el paseo constante por París nos descubre un mundo del que sólo conocemos la superficie, y sobre todo aporta un conjunto fascinante a la filmografía de género, un auténtico fresco realista del mundo de la noche y los que lo habitan.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: McCoy Tyner en el Keystone Korner

Tenemos hoy una gran velada con el gran pianista McCoy Tyner. Como podrán comprobar, se trata de un pianista cuyo sonido es rabiosamente moderno (pese a que la actuación sea de los años setenta), muy coltreniano, aunque con voz propia. Con una técnica de escalofrío, sus solos dan buena cuenta de una imaginación musical y un dominio de los recursos instrumentales y armónicos fuera de serie, lo que le ha llevado a ser una de las grandes figuras del piano en jazz.
Está acompañado por Azar Lawrence a los saxos tenor y soprano, Wilby Fletcher a la batería, Guilherme Franco a la percusión y Juney Booth al contrabajo, y juntos interpretan unas piezas que son francancamente inolvidables, con swing a raudales e ideas musicales fluyendo constantemente. Escucharemos: Pursuit; Love Samba; y Atlantis.
Todo ello en un concierto memorable, cuyo pianista estaba en su mejor forma interpretativa. Atentos a los comentarios del Cifu, que les ilustrarán sobre la carrera y la consideración de McCoy, y que disfruten.



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La Confesión de Charles Linkworth, de E. F. Benson

Edward Frederick Benson fue un novelista de éxito en su tiempo, y como tal, siguiendo una tradición mejor representada por Oscar Wilde, se dedicó a brillar socialmente. Prácticamente olvidadas hoy las novelas que le reportaron fama y dinero en su época, permanece en la memoria colectiva de la literatura mundial por sus relatos de fantasmas, que eran vistos por él como un divertimento y que, en cambio, son vistos por los lectores actuales como auténticas piezas maestras de construcción, atmósfera y efecto.
La Confesión de Charles Linkworth es una de estas historias modélicas. Se inicia con la historia de un crimen, y de cómo su autor, Charles Linkworth, fue condenado a morir en la horca. Por muy simple que sea esta historia, Conan Doyle hubiera estado orgulloso de cómo Benson la trazaba, con precisión y brevedad, para ilustración de lo que seguirá.
Porque la sentencia se cumple, pero la soga del ahorcamiento no se encuentra por ninguna parte. Bien, es un detalle menor. El médico de la cárcel, un profesional que se dedica a ello para poder estudiar a los tipos criminales, realiza la autopsia del cadáver, confirma la muerte por rotura de la espina dorsal y remite al finado Charles Linkworth al cementerio.
La historia la pueden leer en los enlaces que figuran al pie de esta reseña. Sucede que el doctor recibe una llamada telefónica. De sonido bastante fantasmal en su timbrazo, y de contenido inexistente, salvo una respiración anhelante.
Supongo que se imaginan lo que viene después, ¿no? Pero lo que nunca adivinarán es el arte con el que Benson hace avanzar la historia, su manejo de la tensión narrativa («¿Desea una prueba? Pues la tendrá») y cómo incluso, cuando ya parece dicho todo, Benson se permite una pequeña vuelta de tuerca final, para mayor efecto de la historia.
Todo ello hubiera sido excepcional, si no fuera porque Benson lo hizo una y otra vez, escribiendo un conjunto de relatos que pueden clasificarse, junto a los de M. R. James, como las mejores narraciones de fantasmas escritas jamás.

(The Confession of Charles Linkworth)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1912]
Edición de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de The Confession of Charles Linkworth
Texto en castellano de La Confesión de Charles Linkworth

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No Mires Abajo, de William Sansom

Han transcurrido treinta largos años desde que el que escribe leyó el primer elogio a la obra de William Sansom hasta que por fin he podido leer algo suyo; gracias a la editorial La Bestia Equilátera (que, por cierto, tiene un catálogo más que interesante), a la que deseo la mejor de las suertes con este y otros autores; todas las editoriales intentan vender. No todas intentan vender obras de calidad.
En primer lugar, hay que destacar lo único de la ficción de Sansom. Los nombres de Kafka, Roald Dahl y otros muchos pueden acudir a la mente ante las situaciones que estos relatos plantean, pero es de inmediato perceptible que Sansom tiene una voz propia que hace que ese territorio pueda ser común, pero su tratamiento sea totalmente personal, con un estilo maestro en su desarrollo, y los elogios de contraportada de Elizabeth Bowen, Anthony Burgess o Eudora Welty sean totalmente justificados.
Sansom nos introduce siempre en una situación inusual o extrema, y entonces nos lleva al borde de un abismo en el que se acentúa la sensación de vértigo, a veces físico, pero siempre psicológico.
Porque Sansom sabe muy bien que la mente puede ser nuestro peor enemigo. Cualquier persona con un físico privilegiado puede estar sometida a una parálisis irracional, inusitada, provocada por la negativa de nuestro cerebro a seguir avanzando, trepando, a reaccionar ante una situación. En algunos de los relatos que componen este libro, este hecho desesperante y angustioso se produce precisamente cuando más necesita el protagonista tener un mayor control de sus acciones: No poder ni subir ni descender de una esclaera (La Escalera Vertical); un bombero montado a horcajadas sobre un muro que amenaza desplomarse (Los Testigos). En una ocasión, esta inmovilidad resulta beneficiosa (La Pared), pero no menos angustiante.
Otros relatos son de corte más genérico, como La Sábana Larga, en la que en una sociedad imaginaria unos presos se ven obligados a competir por equipos para dejar por completo seca una sábana, en un sistema penal de pesadilla en el que no hay rdención posible. Pansovic y las Arañas, en el cual una fobia resulta más que incapacitante. Tentaciones Varias, en las que Sansom entra en la mente y la lógica existente en la locura de un asesino en serie. Tuti Frutti, en donde la felicidad se convierte en el peor enemigo del hombre.
Todos los cuentos son variaciones sobre cómo, en los momentos de mayor necesidad, esa parte de nosotros que nos controla se vuelve ajena, parasitaria, en nuestro enemigo, en el más fuerte de los obstáculos. Pero para ello William Sansom tiene que ejercer su maestría con una minuciosidad tremenda, gradual y convincente, que describa paso a paso cómo esta mente reacciona, se autojustifica, se contradice, se encoge y se ensancha. Y emplear una imaginería inusitada, a veces totalmente realista, otras tan metafórica como la de un kafka. En cualquier caso, en este viaje hacia lo terrorífico, lo desesperado o lo inusitado, el lector se encuentra tan paralizado como los protagonistas, pues no puede dejar de leer. Fascinado, tiene que seguir a Sansom confiando en que el final no sea tan irremediable, irreversible como su mente parece augurar.

(Anthology of William Sansom)
La Bestia Equilátera
Buenos Aires, 2012 [varios]

Portada y sinopsis

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El Complot Mongol, de Rafael Bernal

Reputada como la novela que inauguró el género negro en México, y avalada por un elogioso comentario de Domingo Villar, El Complot Mongol es, ciertamente, una original y autóctona novela hard-boiled que se lee con gusto, con una sonrisa a veces, y que no desmerece a sus hermanas estadounidenses.
Filiberto García es un detective privado que ocasionalmente trabaja para la policía mexicana. Pero, no nos engañemos, lo emplean para hacer el trabajo sucio, y éste consiste en investigar asuntos lo bastante turbio como para que unas muertes oportunas y que no sean achacables a los organismos oficiales resulten más que convenientes. Tampoco es que esto le reporte ni prestigio ni agradecimiento; Filiberto es un hombre tosco, que nació en las calles y en las calles parece destinado a morir. Sin estudios, sin clase. Una anomalía en el México cuyo "milagro" se desmoronaría el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco, con la masacre de estudiantes que pedían cambios democráticos, un México que tenía "la podredumbre del régimen y el ascenso de una clase política dispuesta a ejercer la violencia sin mancharse las manos" (del prólogo de Yuri Herrera); un México, como dice el autor, «De mucho licenciado para acá y licenciado para allá [...] Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título. Y se necesita estar bien parado con el grupo y andar de cobero. Sin todo eso la experiencia vale una pura y dos con sal. Nosotros estamos edificando México, y los viejos para el hoyo. Usted para esto no sirve. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches, de segunda. Y mientras, México progresa. Ya va muy adelante. Usted es de la pelea pasada [...] Que lo guarden por allí, donde no se vea, hasta que lo volvamos a necesitar. Hasta que haya que hacer otro muerto».
En este estado de cosas y ánimo, a García lo mandan llamar para que investigue un complot chino que pretende asesinar al presidente de los Estados Unidos en una próxima visita oficial, o eso afirma un rumor que el KGB ha hecho llegar al gobierno mexicano. De manera que Filiberto tendrá que colaborar con un agente ruso y uno del FBI, ante los que ocupa el puesto de desgraciado local, en unas pesquisas por entre la comunidad china en la capital, que García conoce muy bien. Salvo que el desgraciado local no lo es tanto, conoce mejor el terreno y las gentes, y lo del complot magnicida no le cuadra por ninguna parte.
Filiberto es todo un carácter. Es cínico, es duro, es despiadado y no le importa matar, pero en el mundo entre dos aguas en el que se mueve, entre el gobierno y los bajos fondos, es alguien que va por derecho, que asume su propia miseria y que, en comparación con los que ordenan matar desde un despacho, es casi una figura moral. Que tiene su corazoncito, y éste es Martita, la muchacha china que vive en casa del señor Liu y que despierta en él una ternura como nunca ha experimentado, para su propio asombro.
Rafael Bernal logró traspasar todas las características de la novela negra hard-boiled a su historia, sin renunciar a ninguna de las características que la hacen local (es decir, auténtica). Su personaje central es alguien con el que es imposible simpatizar, pero entendemos que no es tanto producto de una elección personal como resultado del mundo en el que ha estado inmerso desde su nacimiento, y frente a los todavía más cínicos personajes que lo rodean, es imposible no empatizar con él. Al fin y al cabo, sabe quién es y a qué se dedica, pero no es un hipócrita que pretende ser mejor de lo que es en realidad, a diferencia de todos los que le mandan y mangonean y cuyo mundo es de rosas y perfume. ¡Pinche mundo!, que diría Filiberto García.

Libros del Asteroide
Barcelona, 2013 [1969]
Prólogo de Yuri Herrera
Posfacio de Élmer Mendoza

Portada y sinopsis

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La Batalla del Siglo, de Laurel y Hardy

SESIÓN MATINAL 

(The Battle of the Century); 1927

Director: Clyde Bruckman; Guión: Hal Roach, H. M. Walker; Intérpretes: Stan Laurel, Oliver Hardy, Eugene Pallette.

Otro día hablaremos de las virtudes del mágico dúo Laurel y Hardy, que son muchas, pero hoy centrémonos en lo que importa: La batalla de tartas.
La mejor batalla de tartas de la historia del cine, filmada antes de que los costos de semejante arquetipo del slapstick no hicieran inviable su reproducción fílmica. Porque se trata de auténticas tartas, no de esos tímidos platos de nata (o, uno sospecha, espuma de afeitar) de La Carrera del Siglo. Y se trata de ¿centenares? ¿tal vez un millar? No lo sé, pero el caso es que el derroche es perfectamente visible y, justamente por esa acumulación, junto a la maestría de los genios en provocar la batalla general a tartazos, es lo que confiere el sentido hilarante a toda la escena.
La historia de este cortometraje es curiosa. Durante muchos años, se creyó que el primer rollo (es decir, los diez primeros minutos) estaba perdido. Que fuera unas hilarantes escenas de Laurel como boxeador (un papel por el que pasaron todos los grandes cómicos de la época del cine mudo: Chaplin, Keaton, Lloyd...) no importaba, porque quedaba el segundo, que incluía la batalla del siglo. Pero incluso este segundo rollo no ha sobrevivido en su integridad. Aquí encontrarán unos rótulos explicativos de lo que falta. Aunque estoy convencido de que yo vi (en mi infancia) una versión más extensa de este mismo corto, de modo que no pierdo la esperanza de que, en algún rincón de una televisión del mundo, exista una copia algo más completa que permita añadir fotogramas perdidos a esta versión.
Pero, faltando o no unas pocas escenas, la obra maestra que es La Batalla del Siglo permanece ahí para sorprender a los que la vean por primera vez y deleitar a los que la contemplan de nuevo.



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Jazz Porque Sí: Jim Hall en Japón

De entre los guitarristas modernos, destaca con luz propia Jim Hall. Dice el Cifu, y dice bien, que es un maestro de maestros. Es totalmente cierto, y todo buen guitarrista ha escuchado con atención a Hall, por la cuenta que le trae.
Lo encontramos aquí en un concierto en Japón, acompañado por Don Thmpson al contrabajo y Terry Clarke a la batería. Una formación en trío para otorgarnos una música sobria, con intervenciones discretas pero magistrales por parte de los tres componentes, y con una música maravillosa.
Escucharemos St. Thomas; Billie's Bounce; y dos composiciones del propio Jim Hall, Careful y Echo.
Completando el prgrama, el mismo trío, pero esta vez en el Bourbon Street de Toronto, interpretará Scrapple from the Apple; e, incompleto, se escuchará I Hear a Rhapsody.
La música de Jim Hall es deslumbrante. Sus temas son largos, pero pasan en un vuelo. Y deslumbra no por sus florituras o pirotecnias, puesto que Hall no es amante de esas extravagancias que muchas veces distraen del tema, sino por un manejo de la improvisación y una capacidad de reinterpretación del tema musical que sólo puede calificarse de maestra. Escuchar a Hall es un placer, pero también una maravilla viendo cómo va extendiendo una red de armonías sobre el tema principal.
Atentos a los comentarios del Cifu, y que disfruten de esta velada.

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The Gutting of Couffignal, de Dashiell Hammett

Si hay que diferenciar en algo a los dos maestros de la novela negra, Chandler y Hammett, habría que señalar que Chandler suele moverse en un microcosmos cerrado, viciado por sus propios protagonistas, mientras que a menudo Dashiell Hammett es más expansivo, y no se limita a un caso cerrado, sino que los espacios por donde se mueve su protagonista son amplios, diversos, y las gentes con las que se relaciona numerosas.
Es así en El Saqueo de Couffignal, un relato protagonizado por el Agente de la Continental, en la que lo encontramos en una isla elitista, poblada de mansiones de ricos, custodiando los regalos de boda de uno de estos poderosos. Una misión tan anodina como las que de seguro enfrentó Hammett en su época de agente de la Pinkerton.
Acostumbrados como estamos a los modelos de género, esperamos un robo, un crimen inusitado que ponga en marcha al Continental Op, pero lo esperamos dentro de los muros de la mansión y dentro de los límites de la gente que más o menos se halla presente en la fiesta. Pero no. Lo que Hammett nos brinda es un asalto en toda regla a la isla, organizado casi militarmente, con ametralladoras tableteando por las calles, en el que los ladrones vuelan el puente que comunica la isla con tierra firme, y se dedican a asaltar sistemáticamente todo lo que encuentran, empezando por el banco y la joyería, y se espera que pasen a la acción en breve en las mansiones.
Como sorpresa, es de las buenas, más que nada porque no estamos acostumbrados a ver a detectives privados en los menesteres de organizar una defensa armada y, a la vez, tomarse un tiempo de respiro para pensar en lo que está sucediendo. Porque las cosas no son lo que parecen, y siempre queda la posibilidad de que este asalto audaz sea producto de una maquinación "desde dentro".
Lo que caracterizó a los detectives de los años treinta fue la acción. No la violencia, aunque Hammett no nos la ahorra, sino el hecho de que la prosa en la que escribían se hizo finámica. Los personajes andan, se desplazan, gesticulan, hacen muecas o sonríen sardónicamente, pero siempre están en acción, y el autor siempre describe estas acciones. Este fue el principal elemento estilístico que caracterizó al hard-boiled, en su escritura, y que revitalizó el género. Acción entendida como imagen en movimiento, pensamiento dinámico y una velocidad que se asemejaba a la que la sociedad exhibía en su vida normal.
El lector asiste, en un relato tan denso en acción como una novela, a toda una serie de movimientos que le llevan, minuciosamente, no de un lugar a otro, sino de una situación a unas conclusiones. 
Por supuesto, el resto de elementos del género está ahí, no en vano Hammett fue el cofundador de la novela negra, y el Agente de la Continental es tan duro como el mejor de los duros: Cuando dispara a una mujer, le dice: «¡Debería haber sabido que lo haría! ─mi voz sonaba dura y salvaje y como la de un extraño a mis oídos─ ¿Acaso no me vio robar una muleta a un cojo?»


En The Big Knockover and Other Stories
Penguin Books
Londres, 19694 [1925]
Introducción de Lillian Hellman

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Cielo de Plomo, de Ben Pastor

Frente de Ucrania, 1943. El comandante de caballería y oficial de inteligencia Martin Bora interroga al prisionero general ruso Platonov sin éxito, cuando inesperadamente, en el mismo sector, el general "Khan" Tibyetskij deserta al bando alemán con el último modelo de tanque T-34 y la promesa de hacer importantes revelaciones. Esto ya puede ser una casualidad sospechosa, pero las casualidades se vuelven inverosímiles cuando en el intervalo de pocas horas Platonov muere de un ataque al corazón y Tibyetskij es envenenado. Son demasiadas coincidencias, si tenemos en cuenta que ambos generales se conocían y que habían operado juntos precisamente por esa zona durante la Revolución. Una zona que contiene el bosque de Krasny Yar, donde se producen misteriosas desapariciones que aterrorizan a la población local.
Pastor mueve la trama de forma creíble y con mano segura, y no desdeña tanto la vida privada de su investigador como el desencanto posterior al desastre de Stalingrado y la visión de un mundo nazi desde la primera línea del frente.
Pero lo que interesa resaltar aquí es el hecho de Pastor, probablemente, es la que mejor realiza este subgénero del policíaco que ha surgido en torno a los "detectives" de la Alemania nazi, un género prefigurado hace años por La Noche de los Generales de Hans Hellmut Kirst.
Y es que a Ben Pastor le va el riesgo. No sitúa su acción en la preguerra o en la retaguardia, sino en primera línea de combate, lugar ciertamente difícil para ejercer una investigación criminal.
También, y muy destacablemente, no proporciona características redimentes a su personaje Martin Bora. No es un completo nazi, pero no es alguien opuesto al régimen hitleriano: voluntario en la guerra de España, militar "junker" de carrera, dispuesto a cumplir con su deber hasta las últimas consecuencias, no es una figura con la que se pueda empatizar políticamente; si bien disgustado por los modos y los desprecios de la ley de los nazis, su lealtad está fuera de dudas; sus modos de conquistador, aunque no tan brutales, son evidentes. No es una mala opción. Antinazis, lo que se dice antinazis, hubo muy pocos entre los alemanes, de manera que es más honesto, más real, tener como figura central a un militar / investigador más representativo de la Alemania de la época que no al "alemán bueno" (y con un comportamiento más coherente que el kripo Bernie Gunther, de Philip Kerr, que es un antinazi que en ocasiones parece aquejado del síndrome de Estocolmo, algo desconcertante para el lector).
Martin Bora no es un hombre bueno. Pero tal vez en un hombre justo, o intenta serlo. Habrá que ver su evolución según se desarrollen los acontecimientos, pero según lo leído, eso será un placer en la mejor serie de detectives de la Segunda Guerra Mundial hasta el  momento.

(Tin Sky)
Alianza Ed., col. Alianza Negra
Madrid, 2014 [2013]
Serie Comandante Martin Bora nº 2

Portada y sinopsis

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Cine y Jazz, de Carlos Aguilar

Libro necesario, dado que la relación entre esta música del siglo XX y el cine ha sido intensa desde el principio: incluso antes de que el cinematógrafo aprendiera a hablar, ya se acompañaba de un pianista que, en su forma paradigmática, improvisaba sobre las imágenes con piezas en ragtime, stride y sincopadas, más jazz que otra cosa; no digamos cuando la banda sonora se hizo realidad, y todo un género literario / cinematográfico encontró su reflejo anímico y musical perfecto en las composiciones de Ellington, Benny Carter, Chet Baker y tantos otros.
Cuando una obra de este tipo se plantea en forma de diccionario enciclopédico (como también es el caso del libro más famoso de Aguilar, Guía del Cine; exhaustivo en el cine español, discutible en el anglosajón), se espera el completismo, y ahí me declaro incapaz de juzgar, aunque, ya que el autor se mete en el imposible mundo del documental, echo en falta ya de primeras Michel Petrucciani, de Michael Radford; sobre todo encuentro a faltar entradas temáticas, como la relación del jazz con el cine policíaco y negro, o la presencia cinematográfica de los clubes, un lugar de desarrollo de la acción como pocos han habido en el cine.
Por lo demás, las características típicas de Carlos Aguilar están presentes: poco o ningún resumen argumental y mucha valoración personal (a la que tiene completo derecho). Pero, centrándonos en lo positivo, hay que remarcar un inmenso trabajo realizado desvelando algo que, por lo general, no aparece ni en los títulos de crédito, como son los nombres de los músicos que tocan realmente en la película (a veces en persona, a veces doblando a actores, otras sólo en la banda sonora) y que proporciona auténticas sorpresas, o las entradas biográficas de los jazzmen, específicamente redactadas en relación al cine.
Por supuesto, un listado de películas (algunas (o muchas) difíciles de ver) que puede hacer de su visionado una experiencia nueva en cuanto a lo programático de su música; y dentro de ese listado, un apreciable número de películas europeas, incluyendo españolas, en lo que supone una reivindicación de los "otros" jazz fuera del ámbito anglosajón.
Como guinda, una infografía realmente valiosa, consistente no sólo en fotogramas, carteles de películas y portadas de discos, sino en imágenes curiosas de actores y músicos, encuentros inusitados (por ejemplo, la cubierta, que muestra a Ella Fitzgerald en conversación con Marilyn Monroe) e instantáneas de rodaje.
En suma, un libro que llena un vacío que era necesario cubrir y que estimula tanto la cinefilia como la audición jazzística. 

Cátedra / Grupo Anaya, col. Signo e Imagen
Madrid, 2013 [2013]

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Kiss Kiss Bang Bang, de Shane Black

SESIÓN MATINAL 

(Kiss Kiss Bang Bang); 2005

Director: Shane Black; Guión: Shane Black, basado en la novela Bodies Are Where You Find Them, de Brett Halliday; Intérpretes: Robert Downey Jr (Harry Lockhart), Val Kilmer (Gay Perry), Michelle Monaghan (Harmony Faith Lane), Corbin Bernsen (Harlan Dexter); Dir. de fotografía: Michael Barrett; Música: John Ottman; Títulos de crédito: Stephen Schuster.

En el cine actual se echan de menos las películas inteligentes. Sobre todo, las comedias inteligentes. Kiss Kiss Bang Bang es una comedia que no renuncia a la trama de intriga, lo cual ya es algo poco frecuente, pero además se trata de un filme realizado con cariño, con clase e incluso con brillantez en todos los aspectos (no se pierdan los títulos de crédito de inicio).
Claro homenaje a las historias de Raymond Chandler (los capítulos en los que se divide la película llevan títulos de obras de Chandler), resumir la historia es prácticamente imposible, como por otra parte sucedía ya con las obras del maestro. Pero también como en el caso de Chandler, lo importante no son tanto los detalles como la atmósfera.
Y esa atmósfera consigue ser un noir actual, con toques clásicos, detalles paródicos al respecto de los clichés del género, la presencia de un detective gay que la crítica ha definido como el único auténtico y cuya orientación sexual es significativa para la trama, momentos de tensión, buen suspense, y toques de homenaje al cine clásico que hacen las delicias del espectador.
Un acierto completo de Shane Black, que se implicó mucho en el proyecto hasta que pudo realizarlo, obteniendo buenas críticas y buena audiencia todo lo cual merecía. Una joya.

Tráiler:


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Jazz Porque Sí: Django Reinhardt Mayo 1942

Seguimos con el genial guitarrista gitano y su discografía, que esta vez nos lleva, en plena guerra mundial, a Bélgica, con la muy buena big band de Stan Brenders. O más bien gran orquesta, ya que incluye una sección de cuerda.
Verán, cuando escucho que un músico de jazz está acompañado de violines (orquestados, claro; Grappelli y sus colegas son otra cosa) me echo a temblar. Muchos han tenido esa tentación, y muy pocos han logrado que el resultado fuera satisfactorio. Por suerte, Brenders, que debió ser músico notable, opta por la discreción en el acompañamiento. Y así, tendremos un Nuages antológico, una de las mejores interpretaciones de Django de este tema inmortal; escucharemos después Djangologie, con un buen arreglo destinado a acompañar a Django que, como siempre, está pletórico; Ya sin violines, sino con una banda más típicamente swing, tendremos Éclats de Cuivre; Django Rag, que recuerda, como dice el Cifu, al Tiger Rag, y donde Django hace diabluras con la guitarra; Dynamisme; Tons d'Ébène, donde se demuestra que Reinhardt era capaz de imprimir su sello personal a cualquier composición; y Chez Moi à Six Heures. Una buena sesión con una muy buena banda y en la que Django estuvo a sus anchas como protagonista bien acompañado.
Ya en 1943, Django volverá a grabar con su reformado Quinteto del Hot Club de Francia, aumentado con un segundo clarinetista. La composición del grupo era Gérard Lévéque y André Lluis a los clarinetes, Eugène Vees a la guitarra rítmica, Jean Storne al contrabajo y Gaston Leonard a la batería. Escucharemos Douce Ambiance, de nuevo una demostración de la guitarra de Django; y atentos a esta versión de Manoir de Mes Rêves, una de las mejores de las que Reinhardt grabó: su guitarra está en la cima de lirismo e imaginación; Oui, un tema bien rítmico; y Cavalerie, con un cierto aire entre oriental y flamenco, muy original. Luego, ya sin Lluis tendremos un Fleur d'Ennui, con un trasfondo caribeño, que remite a la imagen de la pereza y el aburrimiento, pero eso sí, rodeado de las flores de las islas. En todos estos temas el Quintet está muy sobrio, acompañando y exponiendo sin más, y es Django el que tiene el mando y realiza las intervenciones y solos que quiere. Con todo el respeto para esos músicos, casi mejor. Porque Reinhardt está en un forma espléndida, y su guitarra siempre te deja queriendo más.
Atentos a las explicaciones de Cifu, como siempre, y que disfruten.


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Jaume Vallcorba

IN MEMORIAM Jaume Vallcorba (1949-2014) 

No se trata de recordar las conversaciones que mantuve con él (de una altura intelectual, porque él siempre era un intelectual, hasta en lo lúdico, intensísimas), ni de elogiar la obra hecha, que de eso ya se han encargado otros, y todos los que le conocieron tienen su momento memorable con Jaume Vallcorba.
Se trata de que, tal vez en la inmediata conmoción de su desaparición, todavía no se ha instalado la desolación de lo que nos depara el futuro sin él.
Porque, hay que repetirlo, Vallcorba era un editor único. No sé cuánto de su sueldo como catedrático metió en sus editoriales para mantener vivo, contra viento y marea, su catálogo. Sé lo que le importaban las ventas, pero no tanto por la ganancia económica como por la satisfacción de haber dado a conocer a un autor u obra. Me repitió una y otra vez que él editaba lo que le gustaba, y hay que agradecerle que le gustaran tantas cosas y que su vida hubiera sido tan intensa como para conocer y apreciar no sólo lo fundamental sino lo que por lo general pasa desapercibido en el mundo de la cultura. Pocos editores podían presumir de haber entrado, con clase y criterio, en tantas literaturas foráneas de las que apenas nada se sabía aquí y nada significaban para los "prescriptores" culturales. Pocos recuperaron tantas obras olvidadas. Pocos se empeñaron con tanta intensidad en la renovación de la literatura catalana.
La pregunta es: ¿Cómo será el futuro sin él?
Y la respuesta, me temo, es pesimista. Se ha destacado que Vallcorba había logrado lo que pocos editores consiguen, a saber: que si no sabías qué leer, podías siempre tomar un libro de Quaderns Crema o de Acantilado, el que fuera, y, más allá de que gustara o no, reconocer que ese libro tenía un valor. Lo que pasa es que en el noventa por ciento de los casos, además, gustaba lo leído.
¿Existe el editor independiente que seguirá los pasos de Vallcorba? ¿Que será insobornable en sus gustos, que se empeñará hasta las cejas por publicar; sobre todo, que mantendrá en el mercado lo publicado?
Me temo que no. Ya no se trata tan sólo de encontrar a alguien tan culto, tan conocedor de la cultura en todas sus facetas, con tan buen gusto y que sepa editar tan bien, cosa que es improbable, aunque posible. Se trata de encontrar a alguien que no tire la toalla ante las dificultades, y que se empecine en editar con criterio y confiando en que, a la larga, tus lectores serán tus amigos a través de los libros.

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La Invención del Pasado, de Miguel-Anxo Murado

Con el subtítulo de Verdad y Ficción en la Historia de España, la tesis que presenta este libro es que la Historia, con mayúscula, es materia sospechosa dependiendo de quién la escriba; que puede perpetuarse gracias a fuentes dudosas o sencillamente falsas cuando se dan por ciertas (por tradición, por falsificación, por error...) sin verificarlas; y sobre todo, más que sospechosa cuando se emplea para explicar el presente o predecir el futuro.
Es una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo, sobre todo habiendo padecido una enseñanza elemental (en todos los sentidos) de la Historia según un modelo franquista.
Para los que nos gusta leer libros de Historia, es cosa conocida que ésta es una prostituta que, no es que se venda al mejor postor, sino que es chuleada por el primero que pasa para sus fines personales, principalmente políticos. Los ejemplos que podría aportar son muchos: Verbigracia, en pleno debate soberanista, la afirmación de que España tiene una existencia de quinientos años, argumento esgrimido por políticos, ya que apenas queda un historiador que afirme semejante mentira sin sonrojarse; ciertas cifras sobre la población europea en el Renacimiento que no me acaban de cuadrar (pero que son inmutables puesto que debieron ser escritas en piedra por un "indiscutible" historiador, en base a fuentes cuya precisión podría muy bien ponerse en duda); o que una catedrática haya puesto negro sobre blanco que la chimenea no se inventó hasta el siglo XVIII, cosa que me deja pasmado ante toda una serie de pinturas renacentistas preguntándome qué son esas torrecillas en los tejados (y lo malo de este ejemplo no es el error en el libro; lo preocupante es que es muy probable que semejante majadería se haya enseñado en clase a sucesivas promociones de estudiantes, que la propalarán y le darán carta de naturaleza).
Si yo, un profano, puedo presentar esta panoplia (compuesta de estas y otras mixtificaciones), si uno se dedica a investigar a fondo, como lo ha hecho Miguel-Anxo Murado, entonces la exposición de monstruos históricos se agiganta y se hace preocupante.
Ya no se trata de que el apóstol Santiago no pusiera el pie en Galicia ni en su vida ni en su muerte; se trata, por ejemplo, de que las últimas tesis sobre la conquista musulmana de la península indican que, más que una cuestión militar y de sometimiento, fue tema de prédica y conversión. Que Isabel de Castilla jamás estuvo en la rendición de Granada (y, de hecho, a quien entregó las llaves Boabdil fue al conde de Tendilla). Que Castilla no existió como reino independiente hasta el siglo XII, y no en el XI, o en el IX como algunos manuales indicaban. O que los documentos de abolengo que daban antigüedad y entidad a reinos son, simplemente, falsos y creados precisamente para proporcionar esa pátina de legitimidad que da lo vetusto.
Quede claro, este no es un libro de anécdotas o una colección de errores a ser desmentidos; hay toda una reflexión y teorización sobre el papel de la Historia y sobre el necesario escepticismo a la hora de admitir verdades sin rechistar, verdades que pueden ser mentiras. Los ejemplos abundan, precisamente para demostrar la necesidad de ese espíritu crítico y la desconfianza ante relatos míticos o semimíticos que tienen o tuvieron una clara intención política. Y esa reflexión es lo mejor del libro.
Pero precisamente porque es necesario un espíritu crítico ante cualquier afirmación histórica, representa una pequeña mancha que Murado se haya dejado embaucar por una de esas afirmaciones. En efecto, las lanzas del cuadro de Velázquez no son tales, sino picas; pero la afirmación de que «la picas [sic] habían sido sustituidas tiempo atrás por los arcabuces» y por tanto Velázquez las incluye como «arma de caballero, menos moderna y por tanto más noble» es una verdad a medias, que es la peor de las mentiras. En efecto, los ejércitos se habían convertido a la pólvora tiempo atrás, pero los arcabuceros y mosqueteros eran muy vulnerables a la caballería e inútiles en el combate cuerpo a cuerpo (de ahí la invención de la bayoneta en la segunda mitad del siglo XVII), con lo que necesitaban la protección de los piqueros (cuyo número se fue reduciendo paulatinamente, pero no desaparecieron), que además, si nos ponemos cínicos, servían de carne de cañón poco especializada y protectora para unos soldados cuyo entrenamiento era especializado: si una bala alcanzaba a un piquero en lugar de a un arcabucero, pues para eso estaba. Los testimonios contemporáneos sobre el uso de piqueros son numerosos, como sabe la historiografía militar. Y, además, a un noble jamás se le hubiera visto empuñar una pica, arma del pueblo llano y muy llano, y darle una como arma a un noble hubiera sido ofenderlo; y eran nobles pero no tontos: la caballería de la época estaba armada de pistolas y pedreñales, cuando no de arcabuces ligeros, amén de espadas.
En cualquier caso, este pequeño borrón no desmerece la tesis de Murado. Antes bien, la refuerza en la necesidad de desconfiar de cualquier afirmación que no esté bien fundamentada. En ese espíritu es en el que este libro resulta sobresaliente.

Debate / Penguin Random House
Barcelona, 20133 [2013]

Portada y sinopsis

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Máscara, de Stanisław Lem

Estamos ante una colección de relatos, inéditos en castellano, que van desde 1957 a 1996. Pese a su necesaria variedad y a la extensión temporal de su escritura, es curioso observar, sobre todo en los cuentos más primerizos, cómo se apuntan y tratan ya los temas que serán recurrentes en la ficción posterior de Lem.
Así, hay varios relatos que tratan sobre la imposibilidad de entender (no digamos ya comunicarse) a una inteligencia extraterrestre (La Rata en el Laberinto; Invasión); incluso hay una prefiguración de los dobles de humanos creados por esa inteligencia, que son parte fundamental de la relación que en Solaris se establecerá entre los tripulantes de la estación y el planeta sentiente.
El Amigo trata de la autocreación de un supercomputador, un ente omnisciente más cercano a dios que al ser humano.
La Invasión de Aldebarán es un relato con trato humorístico sobre una invasión extraterrestre que fracasa precisamente por ese abismo de desconocimiento que esos seres muestran respecto a la humanidad.
La Fórmula de Lymphater, que venía precedido de una anotación que lo adscribía a "las memorias de Ijon Tichy" y así lo incorporaba a los geniales relatos de Diarios de las Estrellas, trata del definitivo paso evolutivo del ser humano hacia otra especie nueva, por supuesto una máquina cuyo alcance de pensamiento sea tal que sólo nos vea como un antepasado lejano y primitivo.
Un programa informático que redacta las noticias basándose en las notas de teletipo y que es capaz de predecirlas Ciento Treinta y Siete Segundos antes de que se produzcan, con las implicaciones (militares, cómo no) que ello conlleva.
El Acertijo, un relato que se enmarca dentro de las Fábulas de Robots, y en el que se discute sobre la herejía de suponer que los paliduchos (es decir, los humanos) fueran los creadores de la especie robótica.
Y así hasta trece relatos que no por quedar inéditos son productos menores de la producción de Lem.
Stanislaw Lem ha sido uno de los mejores autores de ciencia-ficción europeos. Y, al respecto de la ciencia-ficción hard, es decir, la puramente científica, probablemente el mejor del mundo. En el sentido de que sus relatos son científicos hasta resultar inatacables, pero también van más allá de la ciencia, hasta incorporar la filosofía. Poquísimas veces el género incorporó con tanta coherencia el método científico, lo metacientífico y la metafísica en un todo que nos situaba en el universo y nos definía, en la insignificancia frente a la inmensidad, tal vez, pero también trazaba límites precisos de lo que somos y, sobre todo, de lo que no podemos ser. Leer los relatos de Lem es leer a una especie de Borges que, más allá de sentirse abrumado por el cosmos, se empecinara en llevarnos hasta el límite de las verdades que sobre éste podemos conocer. En ocasiones no es un viaje fácil, y Lem nos exige el esfuerzo de razonar junto a él y aportar nuestro pensamiento al suyo, pero en cualquier caso ese viaje vale la pena. No hay escritor (y me atrevería a decir que no hay filósofo) que haya llegado tan lejos, sin concesiones de ningún tipo, en relacionarnos con el cosmos y situarnos en nuestro pequeño destello de vida y conocimiento que representamos en una escala temporal infinita.

(Maska)
Impedimenta
Madrid, 2013 [1957-1996]
Trad. de Joanna Orzechowska

Portada y sinopsis

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The Dove, de George Coe y Anthony Lover

SESIÓN MATINAL 

(The Dove); 1968

Directores: George Coe, Anthony Lover; Guión: Sidney Davis; Intérpretes: David Zirlin (chófer), George Coe (Viktor), Pamela Burrell (Inga).

Ingmar Bergman ha dado obras maestras al cine; sin embargo, cuando no ha estado particularmente inspirado, hemos tenido que soportar esos manierismos y forma de hacer tan suyas en películas que nos han aburrido hasta el sopor.
Pues sobre esos manierismos está construido este hilarante corto de quince minutos, La Paloma, apto sólo para aquellos que tengan conocimiento de las obras principales del maestro sueco, en especial El Séptimo Sello, Fresas Salvajes y El Manantial de la Doncella, pero no sólo; al fin y al cabo los manierismos de Bergman son comunes a toda su filmografía.
Completo hasta estar hablado en "suecoski", una especie de inglés vikinguizado, con sus subtítulos (qué sería de una película de Bergman sin subtitular) y con su estrambótico premio remarcado al inicio (qué sería de una película de Bergman sin premio) el caracol de oro, constituye un paseo satírico por los modos de hacer de un cineasta que ha sido el maestro de la lentitud y del pensamiento hecho imagen y símbolo. Se puede ver a una joven Madeline Kahn en su primer papel, prefigurando ya sus dotes para la comedia.

Aquí está esta pequeña joya desconocida en versión completa. Que ustedes lo pasen bien.


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Jazz Porque Sí: Duke Ellington - Suites Peer Gynt

Antes de entrar en la paráfrasis jazzística que Ellington y Strayhorn hicieron de la obra de Edvard Grieg, quedaban por escuchar un par de temas que Ellington grabó en una reunión fabulosa con el gigante del saxo tenor de todos los tiempos, Coleman Hawkins. El primero, Self-portrait of the Bean, composición de Ellington especialmente dedicada a "Bean", es decir, a Hawkins, es una balada espléndida en la que Hawk demuestra todo su talento, que era inmenso, para la interpretación. Y después tenemos un Solitude igualmente memorable, a grupo pequeño, con Hawkins al tenor, Ray Nance al violín, Duke Ellington al piano, Aaron Bell al contrabajo y Sam Woodyard a la batería.
Entonces escucharemos la versión jazz que Ellington y Strayhorn hicieron de las suites Peer Gynt, una obra capital y de las más escuchadas de la música clásica, con la que, nada más escucharla comprendemos la reivindicación que se hace de Ellington como el músico de jazz que, a puro genio, introdujo el jazz en las salas de conciertos. Sin afectación, conservando su lenguaje peculiar (eso que se denomina Ellingtonia), y con un sentido musical y armónico que complementa y enriquece, más que canibalizar, la obra de Grieg. Es un ejercicio saludable que escuchen ambas versiones, la clásica de Grieg y la de Ellington, no para comparar, sino para ver los matices que dan al jazz su sabor y que transfieren acentos própios, pero en absoluto menores.
Las partes que componen estas suites son: Morning Mood; Anitra's Dance; Solveig's Song; Ase's Death; e In the Hall of the Mountain King. Una maravilla.
Y empezaremos a escuchar la suite, esta vez compuesta por Ellington, Thursday, con las piezas Misfit Blues e, incompleta, Schwiphty.
Como siempre, presten atención a los comentarios del Cifu, y que disfruten de la delicada música de Duke Ellington.


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Rose Rose, de Barry Pain

Un pintor está trabajando con una modelo, Rose Rose, espléndida en su trabajo salvo por el detalle de que suele llegar tarde. Se despide de ella hasta el día siguiente, y se sorprende al ver que la chica ha cumplido su palabra y está ya en el estudio a la hora fijada. Trabaja intensamente y durante largo tiempo, hasta que, cuando decide tomarse un tiempo de descanso, nota que la modelo ya no está ahí. Entonces lee en el periódico que Rose Rose murió atropellada el día anterior.
hasta aquí el cuento de fantasmas clásico entre los clásicos de la literatura inglesa. Lo que distingue a éste de los demás es su continuación. Sin que volvamos a encontrarnos en presencia de Sefton, el protagonista, inmerso en su trabajo, sólo podemos inferir de lo que se nos relata que la modelo sigue acudiendo espectralmente a posar para su inacabable "Afrodita". Semejante estado de cosas, lo sabemos los buenos lectores del género, no puede traer nada bueno, y así veremos, en una última frase final, que todo tiene su precio, incluso terminar una obra de arte más allá de lo que la naturaleza permite.
Se trata de un relato muy breve pero muy intenso, una de esas historias que hacían furor durante el cambio de siglo porque podían ser leídas y entonces relatadas a los amigos en toda su extensión sin ocupar demasiado tiempo y en cambio manteniendo todo su efecto. Porque lo tiene, y la combinación de arte, piedad por la modelo y la maldición de la obra inacabada resulta en una atmósfera tierna y evocadora, no demasiado corriente en los relatos de fantasmas, pero que sin embargo posee un sentido ominoso que le proporciona un adecuado sentido de tragedia.

(Rose Rose)
En Historias de Fantasmas de la Literatura Inglesa vol. II
Edhasa, col. Fantásticas
Barcelona, 1989 [1911]
Selección de Michael Cox y R. A. Gilbert

Texto en inglés de Rose Rose en Stories in Grey

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Homeless, de Pau Vidal

La ciudad es un paisaje cambiante de lugares y gentes. Pero, como es evidente, este paisaje mutable tiene una serie de referentes que le confieren entidad propia, más allá de los monumentos en sí.
Los barceloneses lo sabemos muy bien, y más ahora cuando, si alguien no lo remedia, y después de décadas de contemplación de las musarañas por parte de los gobiernos municipales, van a desaparecer una escalofriante cantidad de comercios emblemáticos, sustituidos por monstruosidades clónicas de hamburgueserías, tiendas de moda, hoteles de nuevo cuño o quién sabe qué.
Pero el fenómeno no es nuevo, y así como existe un catálogo del patrimonio arquitectónico de Barcelona, también se podría hacer un catálogo de lugares desaparecidos, y cuya presencia ya sólo es la del fantasma en la memoria de los ciudadanos, en viejas fotografías, en relatos de ancianos.
En esencia es, en parte o en todo, lo que Pau Vidal ha hecho en estos seis relatos y un poema: recuperar la memoria de siete lugares que tuvieron su lugar en el paisaje y la gestalt de los barceloneses. Historias diversas y variadas, que pueden narrar las inventadas peripecias de gentes ligadas a un lugar (señalado en el mapa que figura en las guardas) que se desvaneció pero que sigue teniendo presencia en la memoria colectiva de la ciudad: el edificio de la calle Princesa en forma de cuña, semejante a la proa de un barco; el Chalet del Moro del pasaje de la Pau; los alrededores del Gran Teatro del Liceo; el bar Pay-Pay de la calle Sant Pau; la Casa de la Misericòrdia; la comisaría de la calle de les Tàpies; o los chiringuitos y tinglados de la Barceloneta. Desaparecidos físicamente a veces, y otras transformados de tal manera que ya son otra cosa.
Por ejemplo, en El Fantasma de l'Òpera, Vidal describe de forma sangrante la vergüenza que fue la remodelación que supuso la reconstrucción del Liceu, que para añadir cinismo se vendió como un beneficio para el barrio. Sólo quien ha comido en el desaparecido Ideal, como yo hacía, puede entender que era preferible ese sabor y decoración de principios de  siglo XX a los intereses de la gran burguesía amante de la ostentación (que no de la ópera), y simpatizar con ese fantasma (al fin y al cabo todos los expropiados son, de alguna manera, fantasmas) que quiere volver a quemar el teatro.
O cuando en Orfes Orfes nos relata la auténtica vida de los orfelinatos de la ciudad. O en Polis al Cabaret, que nos narra en tono jocundo la historia de la delincuencia en el barrio chino y, por extensión, en Barcelona. O el no menos irónico El Xalet del Moro, que nos muestra que la prostitución no ha sido ni es cosa marginal, y porque si hay prostitutas es porque existen clientes anónimos o ilustres de los de cargo y abolengo. Y así todas las historias de este libro.
En especial Bye, Bye, Pay-Pay, que a través de un desfile de clientes de una farmacia, más interesados en hablar que no en remediar sus males, traza una geografía sentimental y vivencial de todo un barrio a través de los tiempos.
La nostalgia es mala cosa, porque nunca (o casi) cualquier tiempo pasado fue mejor, pero el carácter de una ciudad se forma mediante las pequeñas historias, y para ser narradas o provocar su narración son necesarios los hitos que las catalizan. Cada vez que desaparece un lugar se borra memoria y se pierde carácter.
Contra eso clama literariamente Pau Vidal en unos relatos vivaces, humorísticos e incisivos, sin la menor nostalgia sino con el convencimiento de que la memoria es un patrimonio más importante que el turismo, los monumentos de las guías o la supuesta modernidad. Porque lo que distingue a Barcelona de Catalunya en Miniatura, aparte la escala, con los barceloneses y su carácter. Y ese se forma con el poso de los años y los lugares, buenos o malos, y no a base de piqueta y construcción.

Ed. Empúries, col. Narrativa
Barcelona, 2003 [2003]